Reconquistar Plenty (Colin Greenland) Libros Clásicos

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La gente se acurrucaba en el interior de aquellos edificios ruinosos o improvisados alzando la cabeza hacia las pantallas mientras fumaban pipas de agua, bebían cerveza y discutían. Tabitha oyó voces estridentes que llegaban desde un callejón cercano, el chasquido de un arma automática v un alarido. Nadie les prestó atención.
El taxi tenía que reducir la velocidad cada cinco o seis metros para esquivar la base de una columna mugrienta o salvar una grieta del suelo, y cada vez que lo hacía Tabitha podía ver los espacios oscuros que había encima o detrás de las divisorias improvisadas y las acumulaciones de láminas casi agresivas que formaban paredes y bóvedas. Tabitha pensó que el interior habitado de Plenty resultaba muy parecido a una esponja colosal, y comprendió que sus edificios estaban incrustados en agujeros celulares llenos de sombras y de la basura que se iba acumulando lentamente dentro de esos espacios libres de los que supuraban hongos y cuerpos olvidados.
La mano de Marco se posó sobre su hombro haciéndole dar un salto.
-Mira eso dijo.
Estaban pasando junto a una mujer vestida con una combinación de tela metalizada negra que llevaba puesta una máscara antigás. Una de sus manos sostenía un cucurucho de helado rosa y la otra sujetaba una cadena que terminaba alrededor del cuello de un hombre.
-Este sitio es realmente increíble -dijo Marco, y soltó una carcajada.
Tabitha tensó los hombros para librarse de su mano.
-Ehhhh... -se quejó Marco poniendo cara de ofendido.
Tabitha hendió el espacio que les separaba con las palmas de las manos.

-Largo -dijo.
Uno de los Gemelos dejó escapar una risita.
-No hagas enfadar a la capitana, Marco.
La siguiente caverna estaba aún más oscura. Una música atronadora salía de los sótanos protegidos por telones y láminas de cuero. El aire apestaba a incienso y amoníaco, y el hedor químico se mezclaba con el olor de la carne sudada y el vino avinagrado. Los balcones estaban llenos de prostitutas que bebían sin apartar los ojos de la calle. Bolsas de basura tan llenas que parecían a punto de reventar se amontonaban sobre las aceras.
El taxi se metió por la angosta boca de otro túnel. El suelo vibraba debajo de ellos. Orificios cubiertos con tela de alambre revelaban un abismo lleno de sombras. Tabitha miró hacia abajo y logró vislumbrar puentes y pasarelas de aspecto muy frágil que iban y venían por entre promontorios que parecían chorros de puré congelado perdidos en la inmensidad del vacío.

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