Las cadenas del demonio (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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tantos prodigiosos medios.
De medios más naturales
me he de valer. (Y es que tengo Aparte
limitada la licencia
de Dios, y así no me atrevo
a más de lo que permiten
sus soberanos decretos.)
Yo te pondré en libertad,
revalidando el concierto
de que serás siempre mía.
IRENE: Otra y mil veces lo ofrezco.
DEMONIO: Pues con esa condición
yo haré que tu padre mesmo
por ti envíe y que esos dos
sobrinos suyos que al reino
aspiran, porque te juzgan
incapaz de su gobierno,
se pongan tan de tu parte
que ellos sean los primeros
que te ilustren y te adornen
de la corona y el cetro
de toda Armenia. Y porque
no te dé cuidado el verlos
hoy en tu corte, sabrás
de su venida el intento.
Astiages, menor hermano
de Polemón, rey supremo
de algunas de las provincias
de Asia, tuvo tan a un tiempo
esos dos hijos que hasta hoy
el mayor ignora de ellos;
porque al tiempo del nacer
las matronas, acudiendo
a su madre, olvidaron
de señalar el primero
que vio las luces del sol,
perturbándose el derecho
que a la herencia de su padre
tenían; de cuyo yerro
nació dividirse en bandos
sus vasallos, pretendiendo
cada uno para sí
merecer el valimiento.
Polemón, por excusar
lides, batallas y encuentros,
llamó a los dos a su corte,
tomando por buen acuerdo
que el uno a su padre herede
y el otro al tío; advirtiendo
que él ha de hacer la elección
del que ha de jurar su reino.
No temas que de ninguno
se agrade su entendimiento;
porque los dos son, Irene,
tan encontrados y opuestos
en acciones y en costumbres,
en obras y en pensamientos,
que duda al que ha de fïar
la corona, conociendo
que ninguno de ellos es
merecedor del gobierno.

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