Las armas de la hermosura (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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y en fin lo que más sintieron
fue que no salgan en coches

a los públicos paseos,
ni permitan en sus casas
1050 banquetes, bailes ni juegos;
con que no quedó mujer
que no confesase luego
al potro del desengaño instrumento de tortura para sacar
las culpas del embeleco: confesiones
1055 las flacas, que a pura enagua
sacaban para sus huesos
cuanta carne ellas querían
de en casa de los roperos,
volvían a ser büidas;
1060 las gordas, que atribuyeron
a sobras de lo abrigado
las faltas de lo cenceño,
se volvieron a ser cubas;
y sin tinte en los cabellos
1065 las viejas a ser palomas, i.e. de color gris o blanco
las morenas a ser cuervos. i.e., de color negro
Ya todas la verdad dicen,
ya son todas las que vemos, todas parecen lo que son
porque la gala, «afufón»,
1070 el artificio lo mesmo,
el arrebol, ni por lumbre, nombres de productos cosméticos
el solimán, ni por pienso,
los islanes, «abrenuncio»,
los sacristanes, «arredro»,
1075 los alcanfores son chanza,
las blandurillas son cuento,
la clara de huevo, «tate», ¡cuidado!
el resplandor quedo, quedo, a la chita callando
el albayalde, «exi foras»,
1080 la neguilla, «vade retro». fórmulas latinas de exorcismo
Y, en fin, para no cansarte,
paso entre paso se fueron
los escotados al rollo
y los jaques al infierno,
1085 con que, para no ser vistas,
unas y otras se escondieron,
desengañadas de que
para más no las habemos
menester que para hilar,
1090 coser y echar un remiendo.
LELIO: No sé, Pasquín, qué te diga

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