A secreto agravio, secreta venganza (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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La zapatilla que estás
mirando ahora en mis manos,
casa fue, donde sabrás
que vivieron dos enanos
sin encontrarse jamás.
Éste es un guante, y no hay duda
de que, como ruiseñor,
mucho tiempo estuvo en muda;
pregúntaselo al olor:
sebo de cabrito suda.
Esta cinta es de una dama
de gran porte; pero yo
no la quiero.
SIRENA. ¿Por qué no?
MANRIQUE. Porque sé que ella me ama.
¿No es causa bastante?
SIRENA. Sí.
MANRIQUE. La que yo tengo de amar,
me ha de mentir, engañar,
y se ha de burlar de mí,
dar celos cada momento,
maltratarme, despedirme,
y en efecto ha de pedirme,
que es la cosa que más siento;
porque si al fin es costumbre
en ellas, tengo por justo
hacer desde luego gusto
lo que ha de ser pesadumbre.
SIRENA. ¿Y es hermosa esa señora?
MANRIQUE. No, pero es puerca.
SIRENA. En verdad
que es muy buena calidad.
MANRIQUE. Arrope un ojo la llora,
y otro aceite.
SIRENA. ¿Es entendida?
MANRIQUE. Cuanto dice entiendo yo;
mas cuanto la dicen, no,
que es entendida, entendida.
SIRENA. Por muestra de que es verdad,
que amarle a su gusto espero,
este listón sólo quiero.
MANRIQUE. De muy buena voluntad
SIRENA. ¡Ay triste de mí!
MANRIQUE. ¿Qué ha sido?
SIRENA. Mi marido viene allí;
váyase presto de aquí,
que es un diablo mi marido.
Dé vuelta a la calle presto,
que en tanto, señor, que él pasa,
le esperaré en esta casa.
MANRIQUE. En buen sagrado te has puesto;
que aquí vivo yo, y vendré
en estando asegurada. (Vase.)
SIRENA. A un bellaco, una taimada. (Vase.)

Sala en casa de Don Lope.

Escena VIII
SIRENA.
SIRENA. Bien dentro de casa entré
sin que fuese conocida.
Lindamente le he engañado,
aunque él más, pues me ha dejado
tan afrentada y corrida.
Que dijera que era fea

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