La aventura de la casa vacía (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Llegué en seguida a Londres, me presenté en Baker Street provocándole un violento ataque de histeria a la señora Hudson, y comprobé que Mycroft había mantenido mis habitaciones y mis papeles tal y como siempre habían estado. Y así, querido Watson, a las dos en punto del día de hoy me encontraba sentado en mi vieja butaca, en mi vieja habitación, deseando que mi viejo amigo Watson ocupara la otra butaca, que tantas veces había adornado con su persona.
Este fue el extraordinario relato que escuché aquella tarde de abril, un relato que me habría parecido absolutamente increíble de no haberlo confirmado la visión de la alta y enjuta figura y del rostro agudo y vivaz que yo habría creído que nunca volvería a ver. De algún modo, Holmes se había enterado de la trágica pérdida que yo había sufrido´, y demostró sus simpatías con sus maneras mejor que con sus palabras.
-El trabajo es el mejor antídoto contra las penas, querido Watson -dijo-, y esta noche tengo una tarea para nosotros (los que, si consigo rematarla con éxito, justificaría por sí sola la vida de un hombre en este mundo.
Le rogué en vano que me explicara algo más.
-Antes de que amanezca habrá visto v oído lo suficiente -respondió-. Hay mucho que hablar sobre los tres últimos años. Así ocuparemos el tiempo hasta las nueve y media, hora en que emprenderemos la trascendental aventura de la casa vacía.
A la hora mencionada, verdaderamente como en los viejos tiempos, yo iba sentado junto a Holmes en un cabriolé, con un revólver en el bolsillo v la emoción de la aventura en el corazón. Cada vez que la luz de las farolas iluminaba sus austeras facciones, yo me fijaba en que tenía las cejas fruncidas v los finos labios apretados, en señal de reflexión. Yo no sabía qué clase de fiera salvaje íbamos a cazar en la tenebrosa selva del delito de Londres, pero por la actitud de aquel maestro de cazadores me daba perfecta cuenta de que la aventura era de las más serias, y la sonrisa sardónica que de cuando en cuando rompía su ascética seriedad no presagiaba nada bueno para el objeto de nuestra persecución.
Había pensado que nos dirigíamos a Baker Street, pero Holmes hizo detenerse el coche en la esquina de Cavendish Square. Al bajarse, me fijé en que dirigía inquisitivas miradas a derecha e izquierda, y cada vez que llegábamos a una esquina tomaba las máximas precauciones para asegurarse de que nadie nos seguía.

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