La caja de cartón (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-Empiezo a ser de la misma opinión, señorita Cushing -dijo Holmes, tomando asiento a su lado-. Creo que es más que probable...
Hizo una pausa y, al mirar a mi alrededor, me sorprendió ver que tenía los ojos clavados con singular atención en el perfil de la dama. Por un instante pudo leerse en su rostro anhelante sorpresa y satisfacción al mismo tiempo, aunque cuando ella miró en torno para averiguar el motivo de su silencio, Holmes estaba de nuevo tan serio como siempre. Yo miré fijamente sus lisos cabellos entrecanos, su elegante tocado, sus pequeños pendientes de oro, sus plácidas facciones; pero no pude ver nada que justificara la evidente agitación de mi compañero.
-Quedan una o dos preguntas...
-¡Estoy harta de preguntas! -gritó la señorita Cushing con impaciencia.
-Usted tiene dos hermanas, según creo.
-¿Cómo puede saber eso?
-Nada más entrar en la habitación observé que tiene encima de la repisa de la chimenea una fotografía de un grupo de tres damas, una de las cuales es usted misma indudablemente, mientras que las otras dos se le parecen tanto que no es posible dudar del parentesco.
-Sí, lleva usted razón. Esas son mis hermanas Sarah y Mary.
-Y aquí, al alcance de la mano, hay otro retrato, tomado en Liverpool, de su hermana pequeña, en compañía de un hombre que parece un camarero de barco, a juzgar por su uniforme. Observo que entonces todavía no se había casado.
-Es usted un observador muy rápido.
-Es mi oficio.
-Bueno, una vez más lleva usted razón. Pero se casó con el señor Browner unos días después. Cuando fue tomada la fotografía él trabajaba en la compañía South América, pero quería tanto a mi hermana que no pudo soportar el tener que abandonarla por tanto tiempo y se enroló en la línea que cubría Londres y Liverpool.
-¿Tal vez en el Conqueror?
-No, en el May Day, según mis últimas noticias. Jim vino a verme una vez.
Eso fue antes de romper el compromiso; pero después, siempre que desembarcaba se daba a la bebida, y bastaba que bebiese un poco para volverse loco de atar. ¡Ay, aciago día aquel en que volvió a tomar una copa! En primer lugar se olvidó de mí, luego se peleó con Sarah, y ahora que Mary ha dejado de escribirnos no sabemos cómo les van las cosas.

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