El Intérprete griego (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Yo soy intérprete, como tal vez le haya explicado mi vecino, aquí presente. Traduzco todos los idiomas, o casi todos. Pero, puesto que soy griego de nacimiento y llevo un nombre griego, mi principal relación es con esta lengua. Durante varios años he sido el primer intérprete griego en Londres y mi nombre es de sobra conocido en los hoteles. »Ocurre y con cierta frecuencia, que acuden a mí, a horas intempestivas, extranjeros que se encuentran en alguna dificultad, o viajeros que llegan tarde y necesitan mis servicios. No me sorprendió por tanto, el lunes por la noche, que un tal señor Latimer, un joven vestido a la última moda, subiera a mis habitaciones y me pidiera que le acompañase en un taxi que estaba esperando ante la puerta. Un amigo griego había ido a visitarle por cuestiones de negocio, explicó, y, puesto que ambos sólo sabían hablar su propio idioma, se hacían indispensables los servicios de un intérprete. Me dio a entender que su casa no quedaba muy lejos, en Kensington, y dio la impresión de tener mucha prisa, ya que me hizo subir rápidamente al taxi apenas hubimos bajado a la calle.
»Digo en el taxi, pero pronto empecé a pensar que me encontraba en un carruaje de mucha más categoría. Sin duda, era mucho más espacioso que los ordinarios coches de cuatro ruedas que tanto afean Londres y sus adornos, aunque ajados, eran de muy buena calidad. El señor Latimer se sentó frente a mí y cruzando Charing Cross, remontamos Shaftesbury Avenue. Habíamos desembocado en Oxford Street y yo aventuraba una observación en el sentido de que describíamos un rodeo para ir a Kensington, cuando interrumpí mis palabras al observar la extraordinaria conducta de mi acompañante.
»Sacó de su bolsillo una porra de aspecto formidable, rellena de plomo y empezó a moverla adelante y atrás varias veces, como para probar su peso y resistencia. Después, sin pronunciar palabra, la puso en el asiento a su lado. Hecho esto, subió los cristales de las ventanillas en cada lado y con gran sorpresa mía, descubrí que estaban cubiertos con papel para impedir que yo viese a través de ellos.
»-Siento privarle de la vista, señor Melas -me dijo-. Lo cierto es que no tengo la menor intención de que vea el lugar que será nuestro destino. Pudiera ser inconveniente para mí que usted pudiera encontrar de nuevo el camino hacia el mismo.

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