Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Una cordial salva de aplausos acogió la historia de Marion, porque su rostro resplandeciente y su voz excitada habían despertado el sentimiento patriótico de las muchachas de Boston, que le sonreían con aprobación.
-Ahora, Maggie, tú, querida, que aunque te hayas quedado la última, estoy segura de que no eres la menos importante -dijo Ana lanzándole una miradita para animarla, porque ella había descubierto el secreto de su amiga, y la amaba´ aún más por eso.
Maggie se ruborizó y vaciló, mientras dejaba las delicadas bridas de muselina, que estaba dobladillando con tanto esmero. Luego, mirando en torno suyo con una expresión en la que se mezclaban la humildad y el orgullo, dijo, haciendo un esfuerzo.
-Después de vuestras experiencias tan interesantes, la mía os resultará muy vulgar. En realidad, no puedo contaros ninguna historia, porque mi caridad empezó por casa y no salió de ella.
Cuéntanoslo todo, querida, Sé que es muy interesante y que nos hará bien a todas -dijo con rapidez Ana; y animada de ese modo, Maggie prosiguió.
-Yo había planeado grandes cosas y hablaba de lo que pensaba hacer, hasta que papá me dijo un día, en que las cosas andaban todas revueltas, como suelen andar tantas veces en casa. "Si las muchachitas que quieren ayudar al mundo entero, recordaran que la caridad empieza por casa, encontrarían en seguida algo que hacer."
"Me quedé bastante desconcertada y no dije nada, pero cuando papá se fue a la oficina, me puse a pensar y miré en torno mío para ver qué podía hacer en aquel momento. Vi que había de sobra para un día y puse inmediatamente manos a la obra. La pobre mamá tenía una de sus fuertes jaquecas, los niños no habían podido salir porque llovía, y estaban gri­tando y llorando en el cuarto de jugar, la cocinera estaba enojada y María tenía dolor de muelas. Pues bien, empecé por obligar a mamá a acostarse, para dormir una buena siesta. Distraje a los niños dándoles mi caja de cintas y mis adornos para que se disfrazaran, le puse a María una cataplasma en la cara y le ofrecí lavarle los vasos .y cubiertos, para apaciguar a la cocinera, que estaba hecha una fiera por tener que trabajar más en día de lavado. No era muy divertido como os imaginaréis, pero logré pasar la tarde, sin que nadie hiciera ruido en la casa y, al crepúsculo, entré silenciosamente en la habitación de mamá y reavivé el fuego, para que la pieza estuviera más alegre cuando se despertara.

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