Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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En cuanto a Amy, debemos consignar que recibió la noticia con gran júbilo, empezó a andar por la casa como en un solemne rapto de arrobamiento, y esa misma noche comenzó a poner en orden sus pinturas y lápices de color, dejando las insignificancias tales como ropa, dinero y pasaportes para quienes estuvieran menos absortos que ella en visiones purísimas de arte.
-Hay que ver, chicas, que éste no es para mí simplemente un viaje de placer -les decía con aire importante mientras raspaba su paleta-. Se va a decidir mi carrera, y si es que poseo algún genio lo descubriré en Roma.
-Supongamos que no lo tengas... -le dijo Jo mientras cosía sin parar.
-Entonces, cuando vuelva, me pondré a enseñar dibujo para ganarme la vida -replicó la aspirante a la fama con filosófica compostura, pero con un gesto de disgusto ante tal perspectiva, y siguió raspando la paleta como proponiéndose tomar enérgicas medidas antes de renunciar a sus esperanzas.
-No, no vas a hacer nada de eso porque detestas el trabajo de rutina. Te casarás con algún hombre rico y vivirás con lujo asiático por el resto de tus días.
Tal fue el pronóstico de Jo.
-Tus predicciones suelen cumplirse, pero no creo que sea éste el caso, aunque bien que me gustaría, pues si no puedo ser yo artista me encantaría poder ayudar a los que lo son ­respondió Amy sonriendo como si el papel de la Dama Generosa le cuadrase mejor que el de la pobre Maestra de Dibujo.
-Pues si ése es tu deseo, lo realizarás. Tus deseos siempre se cumplen; los míos, nunca.
-¿Te gustaría ser tú la que se fuera? -preguntó Amy pensativa.
-¡Ya lo creo! -Muy bien. De aquí a un año o dos enviaré por ti y cavaremos juntas en el Foro romano buscando reliquias y cumpliremos por fin los proyectos que hicimos tantas veces.
-¡Gracias! Ya te recordaré tu promesa cuando llegue ese día feliz, si es que llega alguna vez -replicó Jo aceptando la magnífica promesa con toda la gratitud que pudo;
Como no había mucho tiempo para los preparativos y la casa estuvo en estado de gran agitación hasta el memento de la partida, Jo soportó muy bien la situación hasta que hubo desaparecido el último revoloteo de lazos y cintas. Entonces la pobre Jo se retiró a su gran refugio, la bohardilla, y lloró a todo trapo.

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