Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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La enseñanza le daría a Jo independencia, y todo el tiempo libre que pudiera quedarle podía ser utilizado con provecho para escribir, mientras que los nuevos ambientes y personas que trataría iban a resultarle tan útiles como agradables. Jo estaba encantada con la perspectiva y deseando marcharse, pues el nido hogareño estaba resultándole demasiado estrecho para su naturaleza inquieta y su espíritu aventurero. Cuando por fin todo estuvo decidido, con miedo en el corazón y temblando por las consecuencias, se lo comunicó a Laurie, pero con gran sorpresa de la muchacha, él lo tomó con mucha calma. Hacía un tiempo que se mostraba más serio que de costumbre, aunque muy agradable, y cuando alguien lo acusaba en broma de haber vuelto la hoja de su vida él contestaba muy serio que sí, y que esta hoja sería definitiva.
Jo sintió un gran alivio de que el chico estuviese pasando por uno de sus accesos de

virtud, y empezó a hacer sus preparativos con el corazón alegre porque Beth parecía más
animada y Jo creía que estaba haciendo lo mejor que podía hacerse en bien de todo el mundo.
-Una cosa te dejo a tu especial cuidado -le dijo la víspera de su partida.
-¿Tus papeles, verdad? -preguntó Beth.
-No, mi muchacha. Sé muy buena con él, ¿eh, Beth!
-Naturalmente que sí; pero no podré nunca llenar tu lugar y te va extrañar horrores.
-Eso no le hará mucho mal. Recuerda que lo dejo a tu cargo para que lo mimes, lo regañes y que todo ande en orden.
-Lo haré lo mejor que pueda, por ti, Jo -prometió Beth, preguntándose por qué Jo la miraría de manera tan rara.
Cuando Laurie le dijo, adiós, él le murmuró al oído:
-No te servirá de nada, Jo. No te perderé de vista, así que cuidado con lo que haces, ¡o iré en seguida a buscarte y te traeré a casa de una oreja!

X
EL DIARIO DE JO

Nueva York, noviembre.
Queridas mamá y Beth:
Voy a escribirles un volumen porque tengo montones de cosas que contarles, aunque no sea la señorita elegante que viaja por el continente europeo. Cuando perdí de vista la querida cara de papá me sentí algo triste y pude haber vertido una que otra gotita salada si una señora irlandesa con cuatro chicos pequeños, todos llorando, no me hubiesen distraído, porque me divertí echándoles pedacitos de torta por encima del respaldo cada vez que abrían la boca para bramar.

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