Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Y era verdad que así ocurría, sin que hablaran, sin embargo, de ello; Jo tenía la sensación de que había caído un velo entre su corazón y el de Beth, y cuando alzaba la mano para levantarlo parecía haber algo sagrado en aquel silencio y prefería esperar a que fuese Beth quien hablase. Le resultaba un enigma saber si su hermana se daba realmente cuenta de la triste verdad y qué pensamientos cruzaban por su mente en las largas horas que pasaba acostada en las rocas calientes de sol, coro la cabeza apoyada en las faldas de Jo mientras el viento soplaba y el mar hacía música a sus pies.
Un día la propia Beth se lo dijo. Jo creyó que estaba dormida, pues se quedaba acostada muy quietecita. La hermana mayor dejó el libro que leía y se puso a mirarla con ojos ávidos, buscando signos de esperanza en el leve color de las mejillas de Beth. Pero nada encontró para satisfacerse, pues aquellas mejillas estaban flaquísimas y las manos parecían demasiado débiles aún para sostener las conchillas rosadas que había estado juntando. Con mayor amargura que nunca, se convenció que Beth se le alejaba, día por día, y sus brazos se estrecharon instintivamente con más fuerza al tesoro más preciado que poseía. Por un minuto sus ojos se velaron, y cuando se despejaron Beth la estaba mirando con ternura tal que apenas si hubo necesidad de que dijese:
-Jo, querida, me alegro que sepas lo que me pasa. He tratado de decírtelo antes y nunca podía...
No hubo respuesta, más que la mejilla de la hermana fuerte contra la suya; ni siquiera lágrimas, pues Jo nunca podía llorar cuando estaba más profundamente emocionada.
-Hace un tiempo que lo sé, querida -dijo Beth-. Ahora ya estoy acostumbrada a la idea. No creas que me sea difícil pensar en lo que me espera ni tampoco soportarlo. Trata de verlo así y no te aflijas por mí, porque es mejor así, créemelo.
-¿Acaso era esto que te ponía tan triste en el otoño?

-Sí, fue entonces cuando dejé de tener esperanzas de mejorarme, aunque me negaba a admitirlo. Prefería pensar que era una fantasía de enferma y no quise afligir a nadie. Pero cuando los veía a todos tan bien y tan fuertes y llenos de proyectos felices era duro pensar que yo no podría nunca ser como tú, Jo.

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