La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Hölderlin no sabe defenderse: apenas le es consentido inclinarse u ocultarse; no tiene otra postura. Sigue estando siempre de rodillas ante sus dioses juveniles; nunca pierde la veneración y el agradecimiento para con aquellos que constituyeron la "nube fantasmagórica de su juventud" y le revelaron el secreto del lirismo. Ahora Schiller le dirige de cuando en cuando una palabra gentil y Goethe pasa a su lado sin verle, indiferente y ajeno; mas los dos le dejan arrodillado, hasta que se quiebre la columna dorsal.
Por eso el encuentro con esos dos grandes fue para Hölderlin una cosa fatal y peligrosa; ha perdido ese año de libertad absoluta que pasó en Weimar y en el cual creía poder terminar sus obras. De nada le ha valido la filosofía, miserable hospicio para poetas desdichados; de nada le han servido tampoco los poetas. Su Hiperión ha quedado un torso mutilado, el drama está sin terminar y sus recursos, a pesar de la más severa economía, se han agotado. Ha perdido, al parecer, la primera batalla para alcanzar un vivir de mera poesía. Y vuelve a ser una carga para la madre: cada bocado de su pan está saturado de reproches disimulados. Sin embargo, ha vencido a su peor adversario; no ha dejado destruir la integridad de su entusiasmo; no se ha dejado refrenar ni ablandar por los que hablaban de sus intereses. Su genialidad se ha afianzado más hondamente en elemento y su demonio ha sabido impedir que se acomodara a las cosas sensatas que le aconsejaban. Por esta razón contesta con un violento exabrupto a los intentos de Schiller y de Goethe, que quieren llevarlo a la poesía idílica, bucólica. En Euforión Goethe había dicho al bardo:
Camina suavemente, y muy suavemente;
no seas osado, para evitar ruina y perdición.
Si amas a tus padres, frena tus impulsos
que por sobrehumanos, son exceso violento.
Confórmate embelleciendo en silencio tu campo.
Y lleno de pasión Hölderlin le contesta:
¿Qué puedo domar, si el alma se consume
al verse prisionera? ¿Por qué vosotros,
almas relajadas, de mi propio elemento
que es llama, arrancarme queréis y yo no puedo
vivir, sino en la brega combatiendo?
El elemento de llama, el entusiasmo en que vive espiritualmente Hölderlin, como una salamandra, pudo ser salvado del helado abrazo de los clásicos; ebrio de su sino, el poeta que no puede vivir sino en la brega, combatiendo, se lanza de nuevo a la lucha, a la vida y

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