Las amistades peligrosas (Choderlos de Laclos) Libros Clásicos

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No hablo a usted en ellas sino de amor: ¿y qué otra cosa puedo decir sino lo que pienso? Lo único que he podido es atenuar la fuerza de las expresiones, y puede creer que no he dejado percibir sino lo que me ha sido imposible ocultar. Me amenaza, en fin, con que no volverá a responderme. Así, pues, el hombre que la prefiere a todo, y la respeta aún más que la ama, no contenta de tratarle con rigor, quiere usted despreciarle. ¿Y por qué esas amenazas? ¿Por qué ese enojo? ¿Qué necesidad tiene de eso? ¿No está bien cierta de ser obedecida aun cuando da órdenes injustas? ¿Me es posible rehusar a usted alguno de sus deseos? ¿No lo he probado ya? ¿Abusará de este mismo imperio que ha tomado sobre mí? Después de haberme hecho desgraciado, después de ser injusta, ¿podrá fácilmente gozar de esa tranquilidad que dice serle necesaria? ¿No se dirá nunca: me ha dejado árbitro de su suerte, y he causado su desdicha? Imploraba mis auxilios y yo lo he rechazado sin piedad. ¿Sabe usted hasta dónde puede llevarme mi desesperación? No.
Para calmar mis penas era preciso que usted supiese adónde llega mi amor y conociera mi corazón.
¿Por qué me sacrifica a temores quiméricos? ¿Quién los inspira? Un hombre que la adora, un hombre sobre quien jamás cesará usted un imperio absoluto. ¿Qué teme usted, ni qué puede temer de un sentimiento que siempre dirigirá a su antojo? Pero su imaginación se crea fantasmas, y achaca al amor el espanto que le causan. Tenga usted un poco de confianza, y esos fantasmas desaparecerán.
Ha dicho un sabio que para disipar nuestros temores, basta siempre el examinar a fondo su causa15. Esta verdad es aplicable sobre todo al amor. Ame usted, y sus temores se desvanecerán. En lugar de los objetos que la asustan, hallará un sentimiento delicioso, un amante tierno y sumiso, y todos los días de su vida pasados en el seno de la felicidad, no le dejarán otro pesar sino el del tiempo que ha perdido viviendo en la indiferencia. Yo mismo, desde que corregido de mis errores no vivo más que para el amor, siento haber perdido un tiempo que creí haber pasado entre placeres, y reconozco que usted sola puede hacerme venturoso. Pero le suplico que el gusto que hallo en escribirle, no vuelva a turbarse con el miedo de desagradarla.

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