Testigo de cargo (Agatha Christie) Libros Clásicos

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Era imposible... Sin embargo, Romaine Heilger había sido actriz.
El defensor se acercó a él y le puso, amistoso, la mano en el hombro.
-¿Todavía no ha felicitado a nuestro hombre? Lo ha pasado muy mal, el pobre. Vamos a verle.
Pero el abogado retiró la mano de su hombro.
Sólo deseaba una cosa... ver a Romaine Heilger.
No consiguió verla hasta algún tiempo después, y el lugar de su encuentro no hace al caso.
-De modo que usted adivinó -le dijo Romaine cuando él le hubo contado todo lo que pasaba-. ¿El rostro? ¡Oh!, eso fue bastante difícil, y la escasa luz del mechero de gas le impidió descubrir el maquillaje.
-Pero, ¿por qué..., por qué?
-¿Por qué quise jugarme el todo por el todo? -Sonrió.
-¡Una farsa tan complicada!
-Amigo mío... tenía que salvarle. Y el testimonio de una mujer enamorada de él no hubiera sido suficiente..., usted mismo lo dejó entrever. Pero yo conozco un poco de psicología de las cosas. Dejando que mi testimonio quedara desvirtuado, lograría una reacción favorable hacia el acusado.
-¿Y el montón de cartas?
-Una sola, la importante, hubiera podido despertar sospechas.
-¿Y el hombre llamado Max?
-Nunca existió, amigo mío.
-Todavía sigo pensando -dijo el señor Mayherne con pesar-, que podríamos haberle salvado por el... el... procedimiento corriente.
-No quise arriesgarme. Comprenda, usted pensaba que era inocente...
-Y usted lo sabía... Ya entiendo -dijo el abogado.
-Mi querido señor Mayherne -replicó Romaine-, usted no entiende nada. ¡Yo sabía que era culpable!

F I N

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