El horror oculto (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Al segundo día de investigación, los periódicos comentaron el caso extensamente, después de invadir los reporteros la Montaña de las Tempestades. La describieron con mucho detalle, e incluían numerosas entrevistas que confirmaban la historia de horror que contaban las viejas de la comarca. Al principio seguí las crónicas sin mucho entusiasmo, ya que soy experto en esta clase de horrores; pero una semana después, percibí una atmósfera que despertó extrañamente mi interés; de modo que el 5 de agosto de 1921 me inscribí entre los reporteros que abarrotaban el hotel de Lefferts Corners, el pueblo más próximo a la Montaña de las Tempestades, y cuartel general reconocido de los investigadores. Tres semanas después, la deserción de los reporteros me dejaba en libertad para empezar una exhaustiva exploración de acuerdo con las pesquisas e informaciones detalladas que había ido recogiendo entretanto.
Así que esta noche de verano, mientras retumbaba distante la tormenta, dejé el silencioso automóvil, emprendí la marcha con mis dos compañeros armados, y recorrí el último trecho sembrado de montículos, hasta la Montaña de las Tempestades, enfocando la luz de una linterna eléctrica hacia las paredes grises y espectrales que empezaban a asomar entre robles gigantescos. En esta morbosa soledad de la noche, bajo la balanceante iluminación, el enorme edificio cuadrado mostraba oscuros signos dé terror que el día no llegaba a revelar; sin embargo, no experimenté la menor vacilación, ya que me impulsaba una irrevocable decisión de comprobar cierta teoría. Estaba convencido de que los truenos hacían salir de algún lugar secreto al demonio de la muerte, e iba dispuesto a comprobar si dicho demonio era una entidad corpórea o una pestilencia vaporosa.
Previamente, había inspeccionado a fondo las ruinas; de modo que tenía bien trazado mi plan: eligiría como puesto de observación la vieja habitación de Jan Martense, cuyo asesinato desempeña un importante papel en las leyendas rurales de la región. Intuía vagamente que el aposento de esta antigua víctima era el lugar más indicado para mis propósitos. La habitación, que mediría unos veinte pies de lado, contenía, al igual que las demás habitaciones, restos de lo que en otro tiempo había sido mobiliario. Estaba en el segundo piso, en el ángulo sudeste del edificio, y tenía un inmenso ventanal orientado hacia el este, y una ventana estrecha que daba al mediodía, ambos vanos desprovistos de cristales y contraventanas. En el lado opuesto al ventanal había una enorme chimenea holandesa -con azulejos que representaban al hijo pródigo, y frente a la ventana estrecha, una gran cama adosada a la pared.

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