La Señora Cornelia (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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-No hay para qué -dijo don Juan-, que yo os aguardaré, y si no saliéremos esta noche, importa poco.
-No, por vida vuestra -replicó don Antonio-: salid a coger el aire, que yo seré luego con vos, si es que vais por donde solemos ir.
-Haced vuestro gusto -dijo don Juan-: quedaos en buena hora; y si saliéredes, las mismas estaciones andaré esta noche que las pasadas.
Fuese don Juan y quedóse don Antonio. Era la noche entre escura, y la hora, las once; y, habiendo andado dos o tres calles, y viéndose solo y que no tenía con quién hablar, determinó volverse a casa; y, poniéndolo en efeto, al pasar por una calle que tenía portales sustentados en mármoles oyó que de una puerta le ceceaban. La escuridad de la noche y la que causaban los portales no le dejaban atinar al ceceo. Detúvose un poco, estuvo atento, y vio entreabrir una puerta; llegóse a ella y oyó una voz baja que dijo:
-¿Sois por ventura Fabio?
Don Juan, por sí o por no, respondió:
-Sí.
-Pues tomad -respondieron de dentro-; y ponedlo en cobro y volved luego, que importa.
Alargó la mano don Juan y topó un bulto, y, queriéndolo tomar, vio que eran menester las dos manos, y así le hubo de asir con entrambas; y, apenas se le dejaron en ellas, cuando le cerraron la puerta, y él se halló cargado en la calle y sin saber de qué. Pero casi luego comenzó a llorar una criatura, al parecer recién nacida, a cuyo lloro quedó don Juan confuso y suspenso, sin saber qué hacerse ni qué corte dar en aquel caso; porque, en volver a llamar a la puerta, le pareció que podía correr algún peligro cuya era la criatura, y, en dejarla allí, la criatura misma; pues el llevarla a su casa, no tenía en ella quién la remediase, ni él conocía en toda la ciudad persona adonde poder llevarla.

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