El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Cuando Birotteau y su amiga la señorita Salomón llevaban pasadas algunas veladas en su casa en compañía del fiel y paciente abate Troubert, una tarde, al salir de Saint-Gatien, la señorita Gamard dijo a sus buenos amigos, de quienes hasta entonces se había considerado una esclava, que las personas que quisieran verla podían ir una vez por semana a su casa, donde se reunían un número de amigos suficiente para una partida de boston; que ella no podía dejar solo al abate Birotteau, su nuevo pupilo; que la señorita Salomón no había faltado ni una noche en toda la semana; que ella se debía a sus amigos, y que..., y que..., etc., etc. Sus palabras fueron tanto más humildemente altivas y abundantemente almibaradas cuanto que la señorita Salomón de Villenoix pertenecía a la sociedad más aristocrática de Tours. Aunque la señorita Salomón había ido únicamente por amistad con el vicario, la señorita Gamard miraba como un triunfo el tenerla en su salón; y así, gracias al abate, se vio a punto de realizar su gran designio de formar un círculo que pudiese llegar a ser tan numeroso y tan agradable como los de la señora de Listomère, la señorita Merlin de la Blottière y otras devotas capacitadas para recibir a la sociedad piadosa de Tours. Mas, ¡ay!, que el abate Birotteau hizo abortar las esperanzas de la señorita Gamard. Si todos los que en su vida han conseguido disfrutar de una dicha largamente deseada han comprendido la alegría que tuvo el vicario al acostarse en el lecho de Chapeloud, también habrán de concebir una ligera idea del disgusto que la señorita Gamard sufrió al ver por tierra su plan favorito.

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