El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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..», etc.
     Pero, encantadas de evitarse una reunión semanal en el Claustro, el paraje más desierto, el más sombrío y el más alejado del centro de cuantos hay en Tours, todas bendecían al vicario.
     Entre las personas que siempre están viéndose, el odio y el amor aumentan incesantemente: siempre se encuentran razones para odiarse o amarse más. Así es que el abate Birotteau acabó por hacerse insoportable a la señorita Gamard. Diez y ocho meses después de haberle admitido como huésped, cuando el buen señor creía ver en el silencio del odio la paz de la satisfacción y se felicitaba por haber sabido tan hábilmente librarse de la solterona, ella le hizo objeto de una persecución sorda y de una venganza fríamente calculada. Las cuatro circunstancias capitales de la puerta cerrada, las zapatillas olvidadas, la falta de fuego y el traslado de la palmatoria eran lo único que podía revelarle aquella enemistad terrible, cuyas últimas consecuencias no habían de herirle hasta el momento en que fuesen irreparables. Ya medio dormido, el buen vicario profundizaba, aunque inútilmente, en su cerebro, hasta llegar, bien pronto por cierto, al fondo, para explicarse la conducta singularmente desatenta de la señorita Gamard. Como, en efecto, había obrado en pura lógica al obedecer a las leyes naturales de su egoísmo, le era imposible adivinar qué errores hubiera podido cometer respecto de su patrona. Si las cosas grandes son sencillas y fáciles de explicar, las menudencias de la vida exigen muchos pormenores. Los acontecimientos que, en cierto modo, constituyen el proscenio de este drama burgués, pero en los cuales aparecen las pasiones tan violentas como si fuesen excitadas por grandes intereses, requerían esta larga introducción: a un historiador exacto le habría sido difícil condensar más sus minuciosos desenvolvimientos.

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