La lucha por la vida II (Pío Baroja) Libros Clásicos

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Sentían la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un ambiente de murmuraciones y de intrigas.
Roberto pasaba por medio de ellos tranquilo, indiferente, sin hacer caso de sus proyectos ni de sus discusiones.
Manuel creyó comprender que a Roberto le molestaba verle tan metido en la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante.
-¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer -contestó Roberto-: buscar, buscar y buscar. Luego, trabajar hasta echar el alma por la boca.
-¡Pero si no tengo en dónde!
-Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que querer. Saber desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que no deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás si te reúnes con los que vienen aquí al estudio; además de vago, concluirás en sinvergüenza.
-¿Pero ellos?...
-Ellos yo no sé si han hecho o no indignidades; como comprenderás, eso a mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede comprender nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni sentimientos altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si estas gentes tuvieran un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer su carrera, pero no lo tienen; en cambio, han perdido las nociones morales del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar.

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