La lucha por la vida II (Pío Baroja) Libros Clásicos

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-¿Un confesor?
-Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en secreto de confesión le había usted dicho...
-No, no -interrumpió la baronesa-. ¿Y dónde está ese cura?
-Irla Peñalar disfrazado.
-No. Además, don Sergio sabe que yo soy poco devota.
-Un maestro de escuela quizá seria mejor.
-¿Pero piensa usted que va a creer que me confieso con un maestro?
-No; el plan varía. El maestro va a ver a don Sergio que le dice que tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no le atiende. Un día le pregunta al prodigio: «Cómo se llaman tus padres, niño?». Y él dice: «Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa de Aynant». Entonces él, el pedagogo, viene a verle a usted, y usted le contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni reconocerlo siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta a usted repetidas veces el nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al último le arranca a usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo sublime dice: «Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese prodigioso niño, de ese extraordinario niño», y toma la determinación de ir a ver al padre de la criatura... ¿eh? ¿Qué le parece a usted?
-La trama no está mal urdida; ¿pero quién va a hacer de maestro de escuela? ¿Usted?
-No; Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante en un colegio; ya lo verá usted.

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