La Casa Hechizada (Charles Dickens) Libros Clásicos

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estado inconsciente, y una sensación formidable, predominante entre nosotros, de
que había un poder temible en nuestro conocimiento de lo que no sabía la
señorita Griffin (cuando en cambio sabía todas las cosas que podían aprenderse
en los libros). El secreto se mantuvo maravillosamente, aunque en una ocasión
estuvo a punto de traicionarse. El peligro, y la escapatoria, se produjo un
domingo. Estábamos los diez situados en una zona bien visible de la iglesia, con
la señorita Griffin a la cabeza, tal como hacíamos todos los domingos,
percibiendo el lugar de una manera profana, cuando acertaron a leer la
descripción de Salomón en su gloria. En el momento en que se referían así al
monarca, la conciencia me susurró: «¡también tú, Haroun!» El ministro oficiante
tenía un defecto en la vista y eso hacía que pareciera que estuviera leyendo
personalmente para mí. Un sonrojo carmesí, unido a una sudoración debida al
miedo, cubrió mis rasgos. El Gran Visir se quedó más muerto que vivo y todo el
harén enrojeció como si la puesta de sol de Bagdad brillara directamente sobre
sus rostros maravillosos. En ese momento portentoso se levantó la temible
Griffin y vigiló con tristeza a los hijos del Islam. Mi propia impresión fue la
de que la Iglesia y el Estada habían iniciado con la señorita Griffin una
conspiración para descubrirnos, y que todos seríamos puestos en sábanas blancas
y exhibidos en la nave central. Pero el sentido de la rectitud de la señorita
Griffin era tan occidental, si se me permite la expresión en oposición a las
asociaciones orientales, que pensó que aquello era un disparate y nos salvamos.
He solicitado una reunión del harén sólo para preguntar si el jefe de los fieles
debería ejercer el derecho de besar en ese santuario del palacio en el que se
dividían sus habitantes sin igual. Zobaida reivindicó como favorita su derecho a
rascarse, la hermosa circasiana a poner el rostro como refugio en una bolsa
verde de bayeta, pensada originalmente para libros. Por otro lado, una joven
antílope de belleza trascendente que procedía de las fructíferas llanuras de
Camdentown (adonde había sido llevada por unos comerciantes en la caravana que
dos veces por año cruzaba el desierto intermedio tras las vacaciones), sostenía

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