Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Y esto le ayudaría a entender por qué confeccionar flores artificiales o andar en el treadmill1 [L1]es trabajo, mientras que jugar a los bolos o escalar el MontBlanc no es más que divertimiento. Hay en Inglaterra caballeros opulentos que durante el verano guían las diligencias de cuatro caballos y hacen el servicio diario de veinte o treinta millas porque el hacerlo les cuesta mucho dinero; pero si se les ofreciera un salario por su tarea, eso la convertiría en trabajo, y entonces dimitirían.

CAPÍTULO III

Tom se presentó a su tía, que estaba sentada junto a la ventana, abierta de par en par, en un alegre cuartito de las traseras de la casa, el cual servía a la vez de alcoba, comedor y despacho. La tibieza del aire estival, el olor de las flores y el zumbido adormecedor de las abejas habían producido su efecto, y la anciana estaba dando cabezadas sobre la calceta..., pues no tenía otra compañía que la del gato y éste se hallaba dormido sobre su falda. Estaba tan segura de que Tom habría ya desertado de su trabajo hacía mucho rato, que se sorprendió de verle entregarse así, con tal intrepidez, en sus manos. Él dijo:
-¿Me puedo ir a jugar, tía?
-¡Qué! ¿Tan pronto? ¿ Cuánto has enjalbegado?
Ya está todo, tía.
-Tom, no me mientas. No lo puedo sufrir.
-No miento, tía; ya está todo hecho.
La tía Polly confiaba poco en tal testimonio. Salió a ver por sí misma, y se hubiera dado por satisfecha con haber encontrado un veinticinco por ciento de verdad en lo afirmado por Tom. Cuando vio toda la cerca encalada, y no sólo encalada sino primorosamente reposado con varias manos de lechada, y hasta con una franja de añadidura en el suelo, su asombro no podía expresarse en palabras.
-¡Alabado sea Dios! -dijo-. ¡Nunca lo creyera! No se puede negar: sabes trabajar cuando te da por ahí. Y después añadió, aguando el elogio-. Pero te da por ahí rara vez, la verdad sea dicha. Bueno, anda a jugar; pero acuérdáte y no tardes una semana en volver, porque te voy a dar una zurra.
Tan emocionada estaba por la brillante hazaña de su sobrino, que lo llevó a la despensa, escogió la mejor manzana y se la entregó, juntamente con una edificante disertación sobre el gran valor y el gusto especial que adquieren los dones cuando nos vienen no por pecaminosos medios, sino por nuestro propio virtuoso esfuerzo.

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