El abanico de Lady Windermere (Oscar Wilde) Libros Clásicos

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a fondo; pero hasta ahora, no veo la probabilidad
de conseguirlo. (Entran en el salón de baile, en el momento
en que LADY WINDERMERE y LORD
DARLINGTON vuelven de la terraza.)
LADY WINDERMERE.- Sí; su venida aquí es
monstruosa, intolerable. Ahora comprendo lo que
quería usted decirme esta tarde. ¿Por qué no me
hablo usted francamente? ¡Era su deber!
LORD DARLINGTON. - ¡No podía! Un hombre
no puede contar estas cosas de otro hombre. Pero si
yo hubiese sabido que iba a obligar a usted a que
invítase a esa mujer, quizá lo habría hecho. Este
insulto: por lo menos, lo hubiera usted evitado.
LADY WINDERMERE.- Yo no la he invitado. Fu
él quien se empeñó en que viniera..., a pesar de mi
amenazas..., a pesar de mis órdenes... ¡Ah!, siento
como si esta casa estuviese ya mancillada para
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OSCAR WILDE
siempre; como si todas las mujeres que me rodean
hiciesen burla de mí al verla bailar con mi marido...
¿Qué he hecho yo para merecer esto? Yo le
entregué mi vida entera... Él la tomó... y la perdió...
¡Me siento degradada ante mis mismos ojos! Y me
falta el valor... Y me siento cobarde... (Siéntase en el
sofá.)
LORD DARLINGTON.- Y yo la conozco a usted
mal, o usted no es capaz de seguir viviendo con un
hombre que la trata a usted así. ¿Qué vida sería la de
usted a su lado? ¿No pensaría usted, acaso, que todo
lo que decía era mentira? Sí, su misma mirada le
parecería a usted falsa, y falsa su voz, y falsas sus
caricias, y falso su amor. Él vendría a usted cuando
estuviese cansado de las otras; y usted tendría que
consolarlo. Vendría a usted cuando no estuviese
consagrado a las otras; y usted tendría que hacerle la
vida agradable. Tendría usted que ser la careta de su
vida real, el manto que tapase su secreto.

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