Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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   -¿Ya sabéis la noticia?
   -Por supuesto... La marcha de Tartarín, ¿verdad?
   El hombre más sorprendido de la ciudad, al saber que se iba a África, fue Tartarín. Pero, ¡lo que es la vanidad! En lugar de responder sencillamente que no se iba, que nunca se le pasó tal pensamiento por la cabeza, el pobre Tartarín -la primera vez que le hablaron de aquel viaje- contestó con cierto aire evasivo: ¡Pse!... Es posible... No diré que no." La segunda vez, un poco más familiarizado con la idea, respondió: "Es probable." La tercera vez: "De seguro."
   " En fin, por la noche, en el casino y en casa de los Costecalde, arrebatado por el ponche con huevo, las aclamaciones y las luces, embriagado por el éxito que el anuncio de su marcha tuvo en la ciudad, el desdichado declaró formalmente que estaba cansado de cazar gorras y que, sin tardar, iba a ponerse en persecución de los grandes leones del Atlas...
   Un ¡hurra! formidable acogió tal declaración. Y acto seguido otro ponche con huevos, apretones de manos, abrazos y serenatas con antorchas hasta media noche ante la casita del baobab.
   Pero Tartarín Sancho no estaba contento. Aquella idea del viaje a África y de la caza del león le daba escalofríos por adelantado, y al volver a casa, mientras al pie de las ventanas se oía la serenata de honor, tuvo un altercado terrible con Tartarín Quijote, llamándole chiflado, visionario, imprudente, loco de atar; exponiéndole, con todos los pormenores, las catástrofes que le esperaban en aquella expedición, naufragios, reumas, fiebres, disenterías, peste, elefantiasis, etcétera.
   En vano juraba Tartarín Quijote que no haría imprudencias, que se abrigaría bien, que llevaría todo lo necesario. Tartarín Sancho se negaba a escucharle. El pobre hombre ya se veía hecho trizas por los leones y enterrado en las arenas del desierto como el difunto Cambises; el otro Tartarín ni siquiera pudo apaciguarlo un poco diciéndole que no era cosa del momento, que nadie les metía prisa y que, en resumidas cuentas, aún no se habían marchado.
   Claro es, en efecto, que para una expedición como aquélla nadie se embarca sin tomar algunas precauciones. ¡Qué diablo! Hay que saber adónde va uno y no echar a volar como un pájaro...
   El tarasconés quiso leer, ante todo, los relatos de los grandes viajeros africanos, las narraciones de Mungo-Park, de Caillé, del doctor Livingstone, de Enrique Duveyrier.

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