Los Cenci (Stendhal) Libros Clásicos

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En esta ocasión, el padre demostró su negra impiedad, pues en los fu­nerales de sus dos hijos no quiso gastar ni un bayo­co en velas. Cuando se enteró de la desgracia de su hijo Cristóbal, exclamó que no estaría contento hasta que estuvieran enterrados todos sus hijos, y que, cuando muriera el último, le gustaría, en señal de contento, prender fuego a su palacio. Roma se quedó pasmada de estas palabras, pero todo lo pa­recía posible en semejante hombre, que se jactaba de desafiar a todo el mundo y hasta al mismo papa.
12 Norcino: habitante de Norcia y, por extensión, chacinero. (N. de Stendhal en el manuscrito romano.)
(Aquí resulta de todo punto imposible seguir al narrador romano en el relato, muy oscuro, de las extrañas cosas con que Francisco Cenci quiso asombrar a sus contemporáneos. Todo hace supo­ner que su mujer y su desventurada hija fueron víc­timas de sus abominables ideas.)
No le bastaron todas estas cosas; con amenazas y empleando la fuerza, quiso violar a su propia hija Beatriz, la cual era ya alta y bella. No se avergonzó de ir a meterse, completamente desnudo, en su ca-ma. Y completamente desnudo se paseaba con ella por los salones de su palacio; después la llevaba a la cama de su mujer para que la pobre Lucrecia viera, a la luz de las lámparas, lo que hacía con Beatriz.
Daba a entender a esta pobre muchacha una horrible herejía que apenas me atrevo a contar: que cuando un padre cohabita con su propia hija, los hijos que nacen son necesariamente santos, y que todos los santos más grandes venerados por la Igle­sia nacieron de esta manera, es decir, que su abuelo materno fue su padre13.
Cuando Beatriz resistía a sus execrables deseos, la golpeaba brutalmente, tanto clac a esta pobre
13 El narrador no se indigna del todo más que por esta herejía. (N. de Stendhal era el manuscrito italiano.)
muchacha, no pudiendo soportar una vida tan des­graciada, se le ocurrió la idea de seguir el ejemplo de su hermana. Dirigió a nuestro santo padre el papa una súplica muy detallada; pero es de creer que Francisco Cenci había tomado sus precauciones, pues no parece que aquella súplica llegara nunca a manos de su santidad; al menos, fue imposible en­contrarla en el archivo de los Memoriali cuando, estando Beatriz encarcelada, su defensor tuvo gran necesidad de este documento; habría podido pro-bar, en cierto modo, los inauditos excesos cometi­dos en el palacio de Petrella.

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