Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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Hagan los dioses, de todos los cuales es el más benigno, que en el orbe no nazca alma de la grandeza de César; que el fardo de los públicos negocios repose años y años sobre sus hombros, y pase luego a las manos de sus descen­dientes. Y tú, en presencia de juez tan poco riguro­so, como ya he tenido ocasión de experimentarlo, alza la voz que ha de secar mis lágrimas; no le rue­gues que yo viva bien, sino mal y seguro, y que mi destierro se halle lejos de tan cruel enemigo para que la vida que me concedieron los propios dioses no me sea arrebatada por el desnudo acero de un Geta repulsivo; y, en fin, que después de muerto, mis despojos yazgan en lugar más pacífico y no se sientan oprimidos por la tierra de Escitia; que el casco del caballo tracio no profane mis cenizas mal inhumadas, como suelen quedar las de un desterra­do; y si tras la muerte nos queda algo de sentido, que la sombra de un Sármata nunca venga a espan­tar mis Manes.
Oyendo estos ruegos pudiera conmoverse el ánimo de César, sobre todo, Máximo, si movían antes el tuyo. Esa voz, que tantas veces ha sido la salvación de los reos atribulados, te suplico que se esfuerce por ganar en mi defensa los oídos de César, deslizando en el pecho del que ha de igualar a los dioses la dulce persuasión que mana de tu docta lengua. No vas a rogar a Teromedón, el crudo Atreo, ni al que ofrecía cuerpos humanos como pasto a sus caballos, sino a un príncipe lento en castigar y pronto en el premio, que se apena viéndo­se obligado al empleo de la severidad, que vence en todas las empresas y sabe perdonar a los vencidos, que ha cerrado por siempre las puertas de la discor­dia civil, que reprime los delitos muchas veces por el miedo del castigo, Pocas por el castigo mismo, y ra-ras veces, y a su pesar, lanza el rayo de su mano. Así, pues, te encargo defender mi causa ante prínci­pe tan indulgente; impetra que señale el lugar de mi destierro más cerca de la patria.

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