El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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No echó Peransúrez en saco roto esta buena predisposición al mal del hostalero, y reuniéndose a toda prisa con Hernando, procedieron a dar el paso que en su deliberación de la noche anterior les había parecido más conducente y atinado para el logro de su arrojado intento.
Entretanto era varia la posición de los habitantes del castillo. En los patios interiores divertían sus ocios tirando al blanco o bohordando hombres de armas, a quienes estaba confiada su defensa y custodia; algún grupo de ballesteros o archeros pacíficos discurrían más apartados acerca de la singular reserva que reinaba en todas las operaciones de aquel edificio verdaderamente mágico, porque no eran todos sabedores de lo que encerraban sus altas murallas. Algunos sí sabían que habían traído ellos mismos un prisionero, por ejemplo, pero ni sabían quién era ni le habían vuelto a ver. Tales habían sido y eran las precauciones observadas sabiamente por los principales emisarios del conde.
Había sido colocado el nuevo huésped en una sala baja incrustada, digámoslo así, en el corazón de una mole de piedra, que esto y no otra cosa era cada paredón del castillo. No tenía más adornos que el que le proporcionaban algunas telas de araña, indicio de la poca consideración con que al caballero se trataba, y varios informes lamparones que dibujaba la humedad con caprichosa desigualdad en las desnudas paredes de aquel calabozo.
Hacía más horrorosa la prisión un rumor monótono y profundísimo, muy semejante al que produce el brazo de agua que sale de la presa de un molino, que rompe por entre las guijas de una cascada o que se desprende de un batán. El que haya tenido alguna vez la desgracia de verse privado de su libertad en una oscura prisión oyendo día y noche el acompasado golpeo de un reloj de péndola, será el único que pueda apreciar la situación del doncel, condenado a aquel tristísimo son.
No recibía más luz aquel cavernoso nicho que la que le prestaba en los días más claros del año un agujero redondo y cerrado con cuatro hierros cruzados y practicado en la parte más alta del muro.

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