El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Recordarán, sin embargo, en disculpa nuestra, que cuando se abrió la puerta de la cámara, Elvira estaba desmayada, y nada por consiguiente pudo ver de lo que en torno suyo pasaba; el que entró nada contó nunca, razón que tenemos para sospechar que fue Hernán Pérez, a quien no le podía convenir que nada de ello se supiese; y el cronista de aquellos tiempos, el famoso Pero López de Ayala, se hallaba en el sarao, y nada trae tampoco, por consiguiente, en sus escritos de semejante escena. Por los resultados que ésta tuvo, volvemos a repetir que debió de ser Hernán Pérez. Hubo quien aseguró que había visto hablar al astrólogo con él mucho después de haber vuelto a entrar éste en el alcázar, y como ya conocemos la mala intención del judío, es de presumir que alarmase al marido acerca de lo que en su cámara pasaba; la reja abierta, la puerta cerrada y el estado de Elvira debieron acabar de abrir los ojos a Hernán Pérez acerca de lo que allí podía haber ocurrido.
Lo único que podremos afirmar es que Hernán Pérez de Vadillo, de resultas sin duda de la violenta escena que debió tener con su esposa, decidió aquella noche misma su separación; buscó a Su Alteza y le expuso con voz trémula y agitada cómo sabía que su esposa era la acusadora de don Enrique de Villena. Añadióle que él había recibido del conde de Cangas la rara prueba de confianza de que pudiese en su nombre defender su parte en el combate; suplicóle en vista de ello que tomase a su cargo la acusadora; y por más que hizo para averiguar la causa de tan extraña conducta, sólo se pudo sacar en limpio de las cortadas razones de Fernán Pérez que éste había tenido un rompimiento con su esposa; advirtióse desde entonces que cuando hablaba eran palabras de aborrecimiento y execración, y dirigidas a adelantar el plazo del combate, de resultas del cual debía él morir o morir Elvira. El odio más reconcentrado y profundo había sucedido en su corazón al amor conyugal. No se pudo negar don Enrique el Doliente a la justa demanda del ofendido Hernán, y en consecuencia encargó al judío Abenzarsal de la custodia de Elvira, la cual pasó a poder de éste, con su inseparable pajecillo, aquella misma noche.

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