Reconquistar Plenty (Colin Greenland) Libros Clásicos

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Lanzó una mirada de resentimiento al capellano y metió la cola en la conexión del platillo.
Hubo un momento de silencio.
Casi pudieron oír cómo el Querubín buscaba en la memoria.
Xtasca sacó la cola de la conexión y la puso delante de su pecho. La cola descendió sobre la placa y garabateó algo en ella.
Hubo un chasquido metálico, como el que podría hacer el mecanismo de una cerradura bien engrasada al girar.
Los eladeldis dejaron escapar un coro de suspiros y murmullos ahogados. Muchos movieron la cabeza y unos cuantos se dieron palmaditas.
El capellano volvió la cabeza hacia la frasque. Una expresión de disgusto aleteó por los rasgos de aquel rostro inmenso y vacuamente benévolo.
-¿Ya está? -le preguntó.
La frasque no respondió.
El capellano flotó hasta quedar un poco más cerca de ella.
-¿Está preparado? -preguntó en voz alta y clara, como si pensara que no le había entendido.
La frasque emitió un estridente siseo parecido al de una serpiente enfurecida.
El capellano suspiró y cruzó las manos delante de su pecho.
-Y ahora... ¿Funcionará? -preguntó con cierta irritación.
La frasque sufrió una convulsión.
Tabitha pensó que el capellano estaba torturándola con sus anillos,pero no se trataba de eso.
La frasque se estaba liberando. Estaba escapando a su prisión invisible.
Una docena de eladeldis saltaron hacia ella, pero la frasque retorció el cuerpo en el aire y los hizo salir despedidos en todas direcciones. Después se lanzó en línea recta hacia la gorda y blanca garganta del Quibernator Perlmutter, quien ya había emprendido la retirada. La alienígena parecía una serpiente venenosa en pleno ataque.
Perlmutter movió un anillo antes de que la frasque pudiera llegar a él. La frasque volvió a quedar paralizada.
Todo su cuerpo quedó suspendido en el aire delante del capellano y empezó a temblar desde la cabeza hasta las puntas de los pies. Sus extraños miembros se partieron en varios lugares y se fueron separando del cuerpo rompiéndose como ramitas verdes. Un espeso fluido blanco empezó a brotar de las heridas.
Los eladeldis se apresuraron a retroceder parloteando excitadamente entre ellos.
La frasque silbó y chilló desafiando al capellano mientras se retorcía en su agonía.
-Pusssssilánime, pressssuntuossso, esssstúpido...
-Gracias -dijo el capellano con voz despectiva.
Dejó de prestar atención a la frasque y movió la mano indicando a un par de técnicos que acercaran una máquina que parecía un simple lector de cintas sin nada de particular.

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