La hija del aire (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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de esta provincia me has dicho,
ésta que buscando vengo
solamente es la que admiro.
Y así, mientras que llegamos
a tocar el primer friso
de aquese rústico templo,
tarde de los hombres visto,
vuelve otra vez a contarlo,
que quiero otra vez oírlo,
porque se informe mejor
mi ardimiento de tu aviso.
LISÍAS: Yace, señor, en la falda
de aquel eminente risco,
una laguna, pedazo
del Leteo oscurecido
de Aqueronte, pues sus ondas,
en siempre lóbregos giros,
infunden a quien las bebe
sueño, pereza y olvido.
En una isleta que hay
en medio de su distrito,
hay una ninfa de mármol,
sin que hasta hoy se haya sabido,
de tres lustros a esta parte,
ni quién ni por quién se hizo.
De estotra parte del lago
hay un rústico edificio,
templo donde Venus vio
hacerla sus sacrificios
bien poco ha; pero cesaron,
porque Tiresias nos dijo,
su sacerdote, que nadie
pisase en todo este sitio,
ni examinase ni viese
lo que en él está escondido;
que es cada tronco un horror,
cada peñasco un castigo,
un asombro cada piedra
y cada planta un peligro.
Con esto, y con añadirse
a esto que algunos vecinos
de estos montes, que tal vez
se hallaron en él perdidos,
han escuchado en el templo
mil veces roncos gemidos,
lamentos desesperados
y lastimosos suspiros,
ha crecido en todos tanto
el pavor, que nadie ha habido
que se atreva a examinar
la causa; y así, te pido
te vuelvas, señor, sin que
profanes los vaticinios.
MENÓN: Dar un corazón, Lisías,
a admiraciones, rendido
a los hechos de los dioses,
más tiene de sacrificio
que de irreverencia; ven
talando lo entretejido
de estas peñas y estos ramos;

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