Las armas de la hermosura (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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puesto que has llegado a puerto
donde las mujeres tienen,
con franca escala el respeto,
825 cortesanos pasaportes
de inviolables privilegios.
¿Quién eres, pues, y qué causa
engañada te trae?
ASTREA: (¡Cielos,
perdida estoy si se sabe
830 quién soy! ¡Válgame el ingenio!)
Astrea, española Palas,
añadiendo al sentimiento
del robo de sus matronas
el de levantar el cerco
835 que puso a Roma en venganza
suya su esposo, hizo extremos
tales que, hasta persuadirle
a que volviese de nuevo
a sitiarla, no dejó

840 de instarle, valida a tiempos alternativamente
de la maña del cariño
o de la fuerza del ceño.
No en esto solo paró
su generoso ardimiento, deseo intenso
845 sino que en persona había
ella de venir, a efecto
de que agravio de mujeres
a mujer le toca el duelo.
Entre las damas que trajo
850 en su servicio...
CORIOLANO: El acento
suspende, detén la voz.
ASTREA: Pues ¿por qué?
CORIOLANO: Porque no quiero
saber más de que eres dama
de Astrea.
ASTREA: (Sin duda hoy muero,
855 vengándose della en mí.)
CORIOLANO: ¡Enio!
ENIO: ¿Señor?
CORIOLANO: Al momento
manda poner el caballo
mejor que en mi estala tengo; establo
monta en otro, y nombra una
860 escolta de hasta otros ciento,
con un trompeta, que vaya
contigo.

Vase ENIO

ASTREA: (¡Ay de mí, que esto
mira a enviarme prisionera tiene la finalidad de
a Roma!)
SOLDADO 1: Por si entre ellos
865 nos nombra, vamos tras él.
SOLDADO 2: Vamos, y sea diciendo.

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