La aventura de la casa vacía (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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También él sabía que su juego había terminado, y sólo deseaba vengarse de mí. Forcejeamos al borde mismo del precipicio. Sin embargo, yo poseo ciertos conocimientos de baritsu, el sistema japonés de lucha, que más de una vez me han resultado muy útiles. Me solté de su presa y Moriarty lanzó un grito horrible, pataleó como un loco durante unos instantes y trató de agarrarse al aire con las dos manos. Pero, a pesar dé todos sus esfuerzos, no logró mantener el equilibrio v se despeñó. Asomando la cara sobre el borde del precipicio, le vi caer durante un largo trecho. Luego chocó con una roca, rebotó y se hundió en el agua.
Yo escuchaba asombrado esta explicación, que Holmes iba dándome entre chupada y chupada a su cigarrillo.
-Pero ¿y las huellas? -exclamé-. Yo vi con mis propios ojos dos series de pisadas que entraban en el desfiladero, y ninguna de regreso.
-Esto es lo que sucedió: en el mismo instante de la muerte del profesor me di cuenta de la extraordinaria oportunidad que me ofrecía el destino. Sabía que Moriarty no era el único que había jurado matarme. Había, por lo menos, otros tres hombres, cuyo afán de venganza se vería acrecentado por la muerte de su jefe. Por otra parte, si todo el mundo me creía muerto, estos hombres se confiarían, cometerían imprudencias y, tarde o temprano, yo podría acabar con ellos. Entonces habría llegado el momento de anunciar que todavía pertenecía al mundo de los vivos. Es tal la rapidez con que funciona el cerebro, que creo que va había pensado todo esto antes de que el profesor Moriarty llegara al fondo de la catarata de Reichenbach.
Me levanté y examiné la pared rocosa que tenía detrás. En el pintoresco relato que usted escribió, y que yo leí con enorme interés varios meses más tarde, aseguraba usted que la pared era lisa, lo cual no es del todo exacto. Había algunos salientes pequeños y me pareció distinguir una cornisa. El precipicio era tan alto que parecía completamente imposible trepar hasta arriba, pero también resultaba imposible regresar por el sendero mojado sin dejar algunas huellas. Es cierto que podría haberme puesto las botas al revés, como va he hecho otras veces en ocasiones similares, pero la presencia de tres series de pisadas en la misma dirección habría hecho sospechar un engaño. En conclusión, me pareció que lo mejor era arriesgarme a trepar.

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