La caja de cartón (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Era evidente que la señorita Cushing había tocado un tema que la afectaba profundamente. Como la mayoría de la gente que lleva una vida solitaria, al principio se mostraba tímida, pero con el tiempo llegaba a ser extremadamente comunicativa.
Nos contó muchos detalles de su cuñado el camarero de barco, y luego, desviándose hacia el tema de sus antiguos huéspedes, los estudiantes de medicina, nos hizo un extenso relato de sus fechorías y nos dio sus nombres y apellidos así como los hospitales en donde trabajaban. Holmes escuchó con atención, terciando de vez en cuando con alguna pregunta.
-Con respecto a su segunda hermana, Sarah -dijo él-, me sorprende que, siendo las dos solteras, no vivan juntas.
-¡Ay!, si usted conociera el mal genio de Sarah dejaría de sorprenderse. Lo intenté cuando vine a Croydon, y vivimos juntas hasta hace dos meses, en que tuvimos que separarnos. No quiero decir nada en contra de mi propia hermana, pero lo cierto es que Sarah siempre ha sido una entrometida y muy difícil de complacer.
-Dice usted que ella se peleó con sus parientes de Liverpool.
-Sí, aunque hubo un tiempo en que fueron los mejores amigos. Con decirle que se fue a vivir allí para estar cerca de ellos. Y ahora, cuando habla de Jim Browner, no encuentra palabras lo bastante duras. Los últimos seis meses que pasó allí no hablaba de otra cosa que de lo mucho que él bebía y de sus modales. Tengo la impresión de que debió de sorprender alguna intromisión suya, y le dijo cuatro verdades. Así fue como empezó la cosa.
-Gracias, señorita Cushing -dijo Holmes, levantándose y haciendo una reverencia-. Creo que me dijo usted que su hermana Sarah vive en New Street, Wallington, ¿no es cierto? Adiós, y siento mucho que la hayan molestado por un caso con el que, como usted dice, no tiene absolutamente nada que ver.
Cuando salíamos pasó un coche y Holmes lo llamó.
-¿A qué distancia está Wallington?
-Más o menos a una milla, señor.
-Muy bien. Suba, Watson. A hierro caliente, batir de repente. Aunque el caso es sencillo, hay uno o dos detalles muy instructivos relacionados con él. Cochero, deténgase cuando pase por delante de una oficina de telégrafos.
Holmes envió un telegrama breve y durante el resto del trayecto se recostó en el asiento, con el sombrero inclinado sobre la nariz para impedir que el sol le diera en el rostro.

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