El espanto de la cueva de Juan Azul (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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El lugar en cuestión presenció el desarrollo de una fauna y de una flora propias entre aquélla figuraban monstruos como el que yo he visto, que pudiera muy bien ser el antiguo oso de las cavernas, enormemente desarrollado y modificado por el nuevo medio. Los seres del exterior y los del interior de la tierra, vivieron separados durante incontables edades, y fueron diferenciándose cada vez más. Posteriormente se produjo en las profundidades de la montaña alguna hendidura que hizo posible que uno de esos animales saliese por ella y, avanzando por el túnel romano, llegara hasta la superficie de la tierra. Ese animal, como todos los seres de la vida subterránea, había perdido su facultad visual; pero habría encontrado, sin duda, una compensación que la naturaleza le proporcionaría en otras direcciones. Poseería con seguridad el sentido de la orientación, que le permitía salir al exterior y cazar el ganado lanar que pastaba en la ladera del monte. En cuanto a que ese monstruo elegía las noches oscuras, sostengo la suposición de que la luz hería dolorosamente aquellos grandes globos blancos que sólo podían sufrir la oscuridad más absoluta y tenebrosa. Fue quizá el resplandor de mi linterna lo que me salvó la vida en aquel momento espeluznante en que estuvimos cara a cara. Esa es la explicación que doy• del acertijo. Dejo constancia de los hechos, y quien se sienta capaz de explicarlos, que lo haga; y quien prefiera ponerlos en duda, está en su derecho. Ni su creencia ni su incredulidad pueden alterarlos, ni pueden tampoco afectar a un hombre cuya tarea se aproxima a su fin.
Así terminaba el extraño relato del doctor James Hardcastle.



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