El Jorobado (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Arthur Conan Doyle
El Jorobado

«Poned a Urías frente a lo más reñido de la batalla y retiraos de detrás de él para que sea herido y muera»
2 Samuel 11, 15

Una noche de verano, pocos meses después de casarme, estaba sentado ante mi chimenea, fumando una última pipa y dando cabezadas sobre una novela, pues mi jornada de trabajo había sido agotadora. Mi esposa había subido ya, y el ruido al cerrarse con llave la puerta de entrada, un rato antes, me indicó que también los sirvientes se habían retirado. Había abandonado mi asiento y estaba vaciando la ceniza de mi pipa, cuando oí de pronto un campanillazo.
Miré el reloj. Eran las doce menos cuarto. A una hora tan tardía no podía tratarse de un visitante. Un paciente, desde luego y posiblemente toda la noche en vela. Torciendo el gesto, me dirigí al recibidor y abrí la puerta. Con gran asombro por mi parte vi que era Sherlock Holmes quien se encontraba en la entrada.
-Vaya, Watson -dijo-, ya esperaba llegar a tiempo para encontrarle todavía levantado.
-Adelante, por favor, mi querido amigo.
-¡Parece sorprendido y no me extraña! ¡Y aliviado también, diría yo! ¡Hum! ¿O sea que todavía fuma aquella mezcla Arcadia de sus tiempos de soltero? Esta ceniza esponjosa en su chaqueta es inconfundible. Es fácil observar que estaba usted acostumbrado a vestir uniforme, Watson; nunca se le podrá tomar por un paisano de pura raza mientras conserve el hábito de guardar el pañuelo en su manga. ¿Puede darme alojamiento por esta noche?.
-Con mucho gusto.
-Me dijo que tenía una habitación individual para soltero y veo que en este momento no hay ningún visitante varón. Así lo proclaman los ganchos para sombreros que hay en su perchero.
-Me complacerá mucho que se quede.
-Gracias, llenaré pues un colgador vacante. Lamento ver que ha tenido un operario británico en casa. Los envía el demonio. ¿No sería un problema de desagües, espero?.
-No, el gas.
-¡Ah! Ha dejado dos marcas de clavos de su bota en su linóleo, precisamente allí donde da la luz. No, gracias, he cenado algo en Waterloo, pero gustosamente fumaré una pipa con usted.
Le ofrecí mi bolsa de tabaco y él se sentó frente a mí; durante un rato fumé en silencio. Yo sabía perfectamente que sólo un asunto de importancia podía haberle traído a mi casa a semejante hora, de modo que esperé con paciencia a que decidiera abordarlo.

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