El Pabellón Wisteria (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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EL PABELLÓN WISTERIA
ARTHUR CONAN DOYLE


CAPÍTULO 1
EL EXTRAÑO SUCESO OCURRIDO A MISTER JOHN SCOUT ECCLES
El hecho ocurrió, según consta en mi libro de notas, en un día crudo y ventoso, a fines de marzo del año 1892. Estando sentados a la mesa y almorzando, recibió Holmes un telegrama y garabateó en el acto la contestación. No hubo ningún comentario, pero el asunto aquel no se apartó de sus pensamientos, porque, después de almorzar, se situó de pie delante del fuego, con expresión meditabunda, fumando su pipa, y volviendo a leer de cuando en cuando el mensaje. De pronto se volvió hacia mí con unos ojos en que brillaba una mirada maliciosa:
-Escuche, Watson: creo que podemos considerarlo a usted como hombre de letras. ¿Qué definición daría usted a la palabra «grotesco?

-La de cosa rara, fuera de lo normal -apunté yo.
Al oír esta definición movió negativamente la cabeza.
-Seguramente que abarca algo más que eso; algo que lleva dentro de sí una sugerencia de cosa trágica y terrible. Si usted repasa mentalmente alguno de esos relatos con los que ha martirizado a un público por demás paciente, se dará cuenta de que lo grotesco se convirtió con frecuencia en criminal en cuanto se ahondó en el asunto.

Recuerde el insignificante episodio de los pelirrojos. En sus comienzos fue cosa grotesca, pero al final se convirtió en una atrevida tentativa de robo. Y nada digamos de aquel otro episodio por demás grotesco de las cinco semillas de naranja, que desembocó en línea recta en un complot asesino. Esa palabra hace que yo me ponga en guardia.
-¿La tiene usted en el telegrama? -le pregunté.
Me lo leyó en voz alta: «Me ha ocurrido un incidente increíble y grotesco. ¿Puedo consultar con usted?
Scout Eccles Oficina de Correos Charing Cross.»
-¿Hombre o mujer? -le pregunté.
-Naturalmente que es un hombre. No hay mujer capaz de enviar un telegrama con la contestación pagada. Se habría presentado aquí sin más.
-¿Lo recibirá usted?
-Ya sabe usted, querido Watson, que desde que hicimos encerrar al coronel Carruthers estoy aburridísimo. Mi cerebro es como un motor en marcha, que se destroza porque no esta embragado a la máquina para la que fue construido. La vida es una cosa vulgar, los periódicos resultan estériles; lo audaz y novelesco desaparecieron, por lo visto, del mundo criminal.

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