Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) Libros Clásicos

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cúspide de una montaña, a la que bajé suavemente.
Dejo a vosotros el pensar la alegría que yo experimentaría al sentir
mis pies apoyados sobre un piso sólido, después de estar durante tanto
tiempo haciendo el papel de pájaro. Realmente las palabras son débiles
para expresar el desbordado regocijo que me invadía cuando por fin sentí
mi cabeza coronada por la claridad de los cielos. Este éxtasis, sin
embargo, no me llegó a transportar tanto que antes de abandonar mi caja no
pusiese mi camisa para tapar su recipiente, pensando que si el aire al
serenarse hubiese dado libertad al Sol y éste se hubiese reencendido en
los cristales de mi caja, como era lo más probable, ya no encontraría mi
casa nunca más.
Por unas grietas de la montaña, que el agua seguramente habría
causado, bajé a la llanura, en donde por el espesor del barro con que la
tierra estaba mullida, apenas podía andar. A pesar de esto, al cabo de
algún espacio recorrido llegué a un bache en donde encontré a un hombre
completamente desnudo, que echado en una piedra estaba en actitud de
descansar. No me acuerdo si fui yo quien le llamé primero o si fue él
quien lo hizo y me preguntó a mí; pero todavía conservo fresco en la
memoria, como si lo escuchase ahora, todo lo que durante tres largas horas
me estuvo diciendo, en una lengua que yo no había oído en mi vida y que no
tiene ninguna relación con las de este mundo; no obstante lo cual, la
entendí mucho más aprisa y con más profundidad que la que me enseñó mi
nodriza. Cuando yo le pregunté cómo podía suceder maravilla semejante, él
me explicó que en las ciencias tan sólo había una sola verdad, y que en
saliéndose de ella siempre se alejaba uno de lo fácil; por tanto, que

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