Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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En cuanto a Juan Brooke, el novio de Meg, cumplió como hombre su deber militar durante un año, lo hirieron y fue enviado a su casa, no volviéndosele a permitir que regresara a luchar. No recibió medallas, ni estrellas, ni barretas, habiéndoselas merecido, sin embargo, por haber arriesgado animosamente cuanto tenía; y muy preciosos que son el amor y la vida cuando están en pleno florecimiento. Completamente conforme con su licenciamiento, se dedicó a restablecerse y a prepararse para el trabajo que había de darle los medios de ganar un hogar para Meg. Con el buen sentido y la firme independencia que siempre lo caracterizaron, rehusó los ofrecimientos más generosos que le hiciera el señor Laurence, aceptando únicamente el puesto de tenedor de libros, pues le daba mucha más satisfacción comenzar con un sueldo ganado con honestidad que aventurarse a correr riesgos con dinero prestado.
Por su parte, Meg había pasado trabajando el tiempo de la espera, desarrollando su carácter de mujer y adquiriendo sabiduría en las artes domésticas. Y poniéndose cada día más bonita, pues no hay duda que el amor es un gran embellecedor. Como tenía sus ambiciones juveniles y las esperanzas típicas de toda muchacha, sintió algún desencanto al ver el humilde tren en que debían comenzar su nueva vida. Eduardo Moffat se acababa de casar con Sarita Gardiner, y la pobre Meg no podía dejar de comparar la hermosa casa y el carruaje de ellos, los muchos regalos que recibieron y sus espléndidos ajuares con los modestísimos suyos. Secretamente, deseaba haber podido tener lo mismo, pero sin saber cómo, el asomo de envidia y de descontento pronto se desvanecieron al pensar cuánto amor y trabajo paciente había puesto su Juan para ofrecerle la pequeña casita que le esperaba. Cuando el crepúsculo los encontraba juntos, hablando de sus proyectos, por modestos que fuesen, el porvenir se le aparecía siempre tan lindo y lleno de luz que Meg se olvidaba de Sally y sus esplendores y se sentía la muchacha más rica y feliz de toda la cristiandad.
En lo que e. Jo se refiere, no tuvo que volver a casa de la tía March, pues la anciana le tomó tal afición a Amy que la sobornó con el ofrecimiento dé lecciones de dibujo por uno de los mejores profesores del momento. Por esa ventaja en perspectiva, Amy hubiera servido a patronas aún más severas que tía March.

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