Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Es fácil imaginarse la respuesta que habrá dado Juan y qué dichoso fue el estado de cosas que siguió. De nuevo volvía Juan a casa temprano, Meg dejó de callejear con Sally y el sobretodo era puesto todas las mañanas por un marido verdaderamente feliz y quitado todas las noches por la más enamorada de las esposas. Así pasó el primer año y a mitad del verano Meg tuvo otra nueva experiencia, la más profunda y tierna de la vida de una mujer.
Laurie entró furtivamente un sábado a la tarde en el Palomar con gran agitación en el rostro y fue recibido con un batir de timbales, pues Ana batía palmas con una cacerola en una mano y la tapa en la otra.
-¿Cómo está la mamita? ¿Dónde está todo el mundo? ¿Por qué no me lo dijeron antes de que viniese a casa? -comenzó Laurie en un murmullo bastante alto.
-Feliz como una reina, y todo el mundo está arriba, rindiéndole culto y adorándola; no dijimos nada porque no queríamos vendavales dentro de la casa. Ahora usted
se sienta en la sala y yo los mandaré a todos abajo a verlo -con cuya respuesta enigmática Ana desapareció riendo para sus adentros, extática de felicidad.
Poco más tarde apareció Jo llevando orgullosa un envoltorio de franela sobre un gran almohadón. Estaba muy seria pero había un brillo travieso en sus ojos y un sonido raro en su voz que parecía reprimir una emoción que Laurie no acertaba a explicarse.
-Cierra los ojos y abre los brazos -invitó con aire pícaro.
Laurie retrocedió precipitadamente a un rincón y puso las manos atrás:
-No, gracias. Prefiero no agarrarlo. Más seguro que ahora es de día, que lo dejaría caer o lo aplastaría o haría alguna barbaridad por el estilo...
-Entonces no verás a tu sobrinito -dijo Jo decidida, volviéndose como para marcharse.
-¡Bueno, bueno, lo tomaré, pero tú serás responsable por cualquier daño! -Y, obedeciendo órdenes, Laurie cerró heroicamente los ojos mientras le ponían algo en los brazos. Una carcajada de Jo, Amy, la señora de March, Ana y Juan se los hizo abrir de nuevo para encontrarse cargado con dos bebés en lugar de uno.
No es de extrañar que se rieran, pues la expresión de la cara de Laurie era cómica, mirando alternativamente a aquellos inocentes y a los divertidos espectadores con espanto y consternación tales que Jo se sentó en el suelo a llorar de risa.

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