La peste escarlata (Jack London) Libros Clásicos

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de San José, la primavera pasada. Hu-Hu dice que es plata... Pero, ¿no
tienes hambre, abuelo? ¿Por qué no seguimos andando?
El pobre hombre, después de devolverle el dólar a Edwin, asió su bastón
con más fuerza y se apresuró hacia el sendero, brillándole de gula los
ojos.
--Esperemos -musitó-que Cara de Liebre haya encontrado algún cangrejo...
¡Quizás dos cangrejos! Es bueno comer, lo que tiene dentro los cangrejos.
Muy bueno de comer cuando uno tiene nietos como vosotros, que quieren a su
abuelo y se sienten obligados a conseguirle cangrejos. Cuando yo era
niño...
Pero Edwin había visto algo; se había detenido, y, llevándose un dedo a
los labios, hizo al anciano signo de callarse. Colocó una flecha en la
cuerda del arco y avanzó, a amparo de una vieja tubería de agua medio
reventada que, al estallar, había desplazado un riel. Bajo la parra
silvestre y las plantas trepadoras que la cubrían se veía la gruesa
tubería oxidada.
El muchacho, avanzó de aquel modo, llegó junto a un conejo que estaba
sentado junto a un matorral y que le miró, titubeante y tembloroso. La
distancia era todavía al menos de cincuenta pies. Pero la flecha voló
certeramente al blanco, veloz como un rayo, y el conejo, alcanzado, emitió
un chillido de dolor. Luego se arrastró chillando hacia el matorral,
tratando de ocultarse.
El muchacho, como la flecha, era un rayo, un rayo de piel tostada y de
flotante piel de animal. Mientras corría hacia el conejo, su musculatura
se tensaba y destensaba como un conjunto de resortes de acero que
operaban, poderosos y flexibles, en el interior de sus miembros secos.
Asió al animal herido, lo remató golpeándole la cabeza contra un tronco de
árbol que quedaba a su alcance, y luego volvió junto al viejo y le entregó
la presa para que la llevara.
--Es bueno, el conejo; muy bueno -musitó el vejestorio--. Pero como
golosina deliciosa al paladar, prefiero al cangrejo.

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