El caso del baile de la Victoria (Agatha Christie) Libros Clásicos

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-Que me inspira instintiva desconfianza.
-¿Cree que es el «hombre malo» de los libros de cuentos, verdad?
-¿Y usted no?
-Yo creo que ha estado muy amable con nosotros -repuso Poirot sin comprometerse.
-¡Porque tiene sus razones!
Poirot me miró, meneó la cabeza con tristeza y murmuró algo que sonaba como si dijera: «¡Qué falta de método!»


Los Davidson habitaban en el tercer piso de una manzana de casas-mansión. Se nos dijo que míster Davidson había salido pero que mistress Davidson estaba en casa, y se nos introdujo en una habitación larga, de techo bajo, ornada de cortinajes, de alegres colores, estilo oriental. El aire, opresivo, estaba saturado del olor fuerte de los nardos. Mistress Davidson no nos hizo esperar. Era una mujercita menuda, rubia, cuya fragilidad hubiera parecido poética, de no ser por el brillo penetrante, calculador, de los ojos azules.
Poirot le explicó su relación con el caso y ella movió tristemente la cabeza.
-¡Pobre Cronsh... y pobre Coco también! -exclamó al propio tiempo-. Nosotros, mi marido y yo, la queríamos mucho y su muerte nos parece lamentable y espantosa. ¿Qué es lo que desea saber? ¿Debo volver a recordar aquella triste noche?
-Crea, madame, que no abusaré de sus sentimientos. Sobre todo porque ya el inspector Japp me ha contado lo más imprescindible. Deseo ver, solamente, el vestido de máscara que llevó usted al baile.
Mistress Davidson pareció sorprenderse de la singular petición y Poirot continuó diciendo con acento tranquilizador:
-Comprenda, madame, que trabajo de acuerdo con el sistema de mi país. Nosotros tratamos siempre de «reconstruir» el crimen. Y como es probable que desee hacer una representation, esos vestidos tienen su importancia.
Pero mistress Davidson parecía dudar todavía de la palabra de Poirot.
-Ya he oído decir eso, naturalmente -dijo-, pero ignoraba que usted fuera tan amante del detalle. Voy a por el vestido en seguida.
Salió de la habitación para regresar casi en el acto con un exquisito vestido de raso verde y blanco. Poirot lo tomó de sus manos, lo examinó y se lo devolvió con un atento saludo.
-Merci, madame! Ya veo que ha tenido la desgracia de perder un pompón, aquí en el hombro.
-Sí, me lo arrancaron bailando. Lo recogí y se lo di al pobre lord Cronshaw para que me lo guardase.
-¿Sucedió eso después de la cena?
-Sí.
-Entonces, ¿muy poco antes de desarrollarse la tragedia, quizá?

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