Una ciudad flotante (Julio Verne) Libros Clásicos

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embocadura del Hudson. Era preciso esperar la marea creciente. ¡Aun faltaba un día!
A las cinco menos cuarto, por orden del práctico, se soltaron las anclas. Corrieron las
cadenas a lo largo de los escobenes, con un estrépito comparable al del trueno. Por un
momento, llegué a creer que la tempestad empezaba. Así que las uñas del ancla se
hubieron agarrado a la arena, el buque permaneció inmóvil. Ni una ondulación
desnivelaba la superficie del mar. El Great-Eastern era un islote.
En aquel instante la bocina resonó por última vez. Llamaba a los pasajeros a la comida
en que habían de despedirse. La Sociedad de Fletadores iba a prodigar el champaña. Ni
uno solo hubiera querido faltar a la cita. Un cuarto de hora después, los salones estaban
llenos de convidados, y la cubierta estaba enteramente sola.
Sin embargo, siete personas iban a dejar su puesto desocupado: los dos adversarios que
iban a jugar su vida, y los cuatro testigos y el doctor que les asistían. La hora estaba bien
elegida para el combate, así como el sitio. No había un alma sobre cubierta. Los pasajeros
habían bajado a los dining-rooms, los marineros estaban en sus puestos y los oficiales en
su comedor particular. No había timonel en la popa, pues el buque yacía inmóvil sobre
sus anclas.
A las cinco y diez minutos, Fabián y Corsican se unieron al doctor y a mí. Fabián, a
quien yo no había vuelto a ver desde la escena del juego, me pareció triste, pero extra-
ordinariamente tranquilo. Su pensamiento estaba en otra parte, y sus miradas buscaban a
Elena. Se limitó a extender la mano sin pronunciar una palabra.
-¿No ha venido aún Harry Drake? -me preguntó Corsican.
-No, contesté,
-Vamos a la popa. Allí es la cita.
Fabián, Corsican y yo seguimos la gran calle. El cielo se oscurecía. Sordos gruñidos se
oían en el límite del horizonte. Era una especie de bajo continuo, sobre el cual se destaca-
ban con fuerza los vivas y los «his» que salían de los salones. Algunos relámpagos
distantes marcaban la espesa bóveda de las nubes. La atmósfera estaba impregnada de
electricidad.
Harry Drake y sus padrinos llegaron poco antes de las cinco y media. Aquellos señores
nos saludaron y les devolvimos estrictamente su saludo. Drake no habló una palabra.

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