La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (Anónimo) Libros Clásicos

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y angosta calle, y como lo vi trasponer, tornéme a entrar en
casa, y en un credo la anduve toda, alto y bajo, sin hacer
represa ni hallar en qué. Hago la negra dura cama y tomo el jarro
y doy comigo en el río, donde en una huerta vi a mi amo en gran
recuesta con dos rebozadas mujeres, al parecer de las que en
aquel lugar no hacen falta. Antes muchas tienen por estilo de
irse a las mañanicas del verano a refrescar y almorzar sin llevar
qué, por aquellas frescas riberas, con confianza que no ha de
faltar quien se lo dé, segun las tienen puestas en esta costumbre
aquellos hidalgos del lugar.
Y como digo, él estaba entre ellas hecho un Macías,
diciéndoles mas dulzuras que Ovidio escribió. Pero como sintieron
de él que estaba bien enternecido, no se les hizo de vergüenza
pedirle de almorzar con el acostumbrado pago.
Él, sintiéndose tan frío de bolsa cuanto estaba caliente
del estómago, tomóle tal calofrío que le robó la color del gesto,
y comenzó a turbarse en la plática y a poner excusas no válidas.
Ellas, que debían ser bien instituidas, como le sintieron
la enfermedad, dejáronle para el que era.
Yo, que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los
cuales me desayuné, con mucha diligencia, como mozo nuevo, sin
ser visto de mi amo, torné a casa. De la cual pensé barrer alguna
parte, que era bien menester; mas no hallé con qué. Puseme a
pensar qué haría, y parecióme esperar a mi amo hasta que el día
demediase y si viniese y por ventura trajese algo que comiesemos;
mas en vano fue mi experiencia.

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