Mucho ruido y pocas nueces (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Tienen informe por escrito sobre mi villanía, que antes quisiera sellar con mi muerte que repetir en deshonra propia. La dama ha muerto a consecuencia de mi falsa acusación y de la de mi amo; y en suma, no deseo sino el pago debido a un granuja.
DON PEDRO.-¿No penetran estas palabras como el hierro en vuestra sangre?
CLAUDIO.-¡He bebido veneno mientras las profería!
DON PEDRO.-¿Y fue mi hermano quien te indujo a esto?
BORACHIO.-Sí, y me pagó espléndidamente para que lo pusiera en práctica.
DON PEDRO.-¡Está compuesto y forjado de traiciones! ¡Y ha huido tras esta infamia!
CLAUDIO.-¡Hero querida! ¡Ahora se me aparece tu imagen en el puro exterior de cuando te amé por vez primera!
DOGBERRY.-¡Vamos, conducid a los «querellantes»! A estas horas nuestro escribano habrá «reformado» del asunto al signior Leonato. ¡Y vosotros, maeses, no olvidéis especificar, en tiempo y lugar oportunos, que soy un asno!
VERGES.-Aquí, aquí llega maese signior Leonato, y el escribano también. Vuelven a entrar LEONATO, ANTONIO y el ESCRIBANO.
LEONATO.-¿Cuál es el miserable? Que vea sus ojos, para que, si tropiezo con otro que se le parezca, pueda huir de él. ¿Cuál de éstos es?
BORACHIO.-Si queréis conocer a quien os ha ultrajado, miradme.
LEONATO.-¿Eres tú el esclavo cuyo aliento mató a mi inocente hija?
BORACHIO.-Sí, yo tan solo.
LEONATO.-No, no tal, villano, te calumnias. Hay aquí un par de hombres honrados, el tercero huyó, que han mediado en ello. Príncipes, os agradezco la muerte de mi hija. ¡Inscribid la hazaña en vuestros altos y preclaros hechos! Ha sido realizada valerosamente, a poco que lo meditéis.
CLAUDIO.-No sé cómo implorar vuestra indulgencia; mas es preciso que hable. Elegid vos mismo vuestra venganza. Imponedme el castigo que vuestra imaginación fije sobre mi pecado. Sin embargo, no pequé sino por equivocación.
DON PEDRO.-¡Ni yo tampoco, por mi alma! Y, no obstante, para dar satisfacción a este buen viejo, me presto a soportar el castigo más pesado que le plazca infligirme.
LEONATO.-No puedo haceros que hagáis vivir a mi hija; sería imposible; pero os ruego a ambos declaréis al pueblo de Mesina que murió inocente. Y si vuestro amor por ella os inspirara alguna composición fúnebre, suspendedla como un epitafio sobre su tumba y cantadla a sus restos. Cantadla esta noche. Mañana por la mañana venid a mi casa, y puesto que no habéis podido ser mi yerno, seréis mi sobrino.

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