Misas herejes (Evaristo Carriego) Libros Clásicos

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Preciso es continuar; cada desmayo
hace ver insalvables las distancias.
En la estéril noción de lo imposible,
los músculos morales se relajan,
y en el afán que el miedo empequeñece
se ven lejos las cumbres más cercanas.
La formidable voz de anunciaciones
estremece el ambiente con sus vastas
repercusiones de tonantes notas,
cubriendo las necrópolis de calmas.
La anunciación postrer que se divulga
con los alertas de cerebros-guardias.
...Muertos odios que vuelven en caricias
las opresiones de la lucha bárbara,
¡como una herida que revienta en flores
y perfuma las vendas maculadas!
...Ya puestos en camino,
no se esquiva el obstáculo: se aparta.
La senda libre de cualquier tropiezo
nunca fue la más digna de la planta
encallecida en la ascensión penosa
del breñal que la suerte deparara.
Así va la legión, atravesando
los últimos espacios que separan
del rumbo abierto al porvenir soñado,
como ruta augural, por donde marchan
las sombras fugitivas del silencio,
en larga proyección, cantando hosannas
si triunfantes por fin, y si vencidos:
¡cayendo frente al Sol, como las águilas!




La muerte del cisne En un largo alarido de tristeza los heraldos, sombríos, la anunciaron, y las faunas errantes se aprontaron a dejar el amor de la aspereza.
Con el Genio del bosque a la cabeza, una noche y un día galoparon, y cual corceles épicos llegaron en un tropel de bárbara grandeza.
Y ahí están. Ya salvajes emociones, rugen coros de líricos leones... cuando allá, en los remansos de lo Inerte.

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