El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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     -Tengo el contrato en casa -respondió Birotteau.
     -¿Y usted conoce sus condiciones? -preguntó el propietario al abogado.
     -No, señor -dijo el señor Caron, extendiendo la mano para apoderarse del papel fatal.
     -¡Oh! -dijo para sí el propietario-. Tú, señor abogado, sabes sin duda lo que contiene el contrato, pero no te han pagado para decírnoslo.
     Y el señor de Bourbonne devolvió la renuncia al abogado.
     -¿Dónde voy a meter todos mis muebles? -exclamó Birotteau-. ¿Y mis libros, mi hermosa biblioteca, mis soberbios cuadros, mi salón rojo, todo mi mobiliario, en fin?
     Y la desesperación del pobre hombre, que se veía trasplantado, por decirlo así, tenía algo tan candoroso, revelaba tan claramente la pureza de sus costumbres, su ignorancia de las rosas del mundo, que la señora de Listomère y la señorita Salomón le dijeron para consolarle, empleando el tono de las madres que prometen un juguete a sus hijos:
     -¿Va usted a inquietarse por estas naderías? Nosotras le encontraremos una casa menos fría y menos negra que la de la señorita Gamard. Si no se encuentra alojamiento que le guste, una de nosotras le admitirá como pupilo en su casa. Ea, jugaremos un chaquete. Mariana va usted a ver al abate Troubert para pedirle su apoyo y verá usted como es bien recibido.
     Las personas débiles se tranquilizan tan fácilmente como se asustan. Así, el pobre Birotteau, deslumbrado por la perspectiva de vivir en casa de la señorita Listomère, olvidó la ruina, consumada para siempre, de la felicidad que tanto había apetecido y de la cual había gozado tan deliciosamente. Pero por la noche, antes de dormirse, y con el dolor de un hombre para quien el trastorno de una mudanza y de unas costumbres nuevas en el fin del mundo, se torturó la imaginación pensando dónde podría hallar para su biblioteca un lugar tan cómodo como la galería que dejaba.

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