El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Eso es todo.
Geneviève tembló y lanzó a su vecino una mirada de espanto. Pero Morand no pareció advertir la mirada y vaciando flemáticamente su vaso:
-El ciudadano Lindey tiene razón -dijo-; sólo había que hacer eso. Desgraciadamente, no se ha hecho.
-¿Se sabe qué ha ocurrido con el caballero de Maison-Rouge? -preguntó Geneviève.
Dixmer y Morand opinaron que habría abandonado París con toda seguridad, y quizá la misma Francia; pero Maurice sostuvo que continuaba en París y dio un argumento que, pensaba, sería fácilmente comprendido por Geneviève: el caballero estaba enamorado de María Antonieta.
Estallaron dos o tres risas de incredulidad, tímidas y forzadas. Dixmer miró a Maurice como si quisiera leer en el fondo de su alma. Geneviève notó que las lágrimas le humedecían los ojos y un escalofrío le recorría el cuerpo. El ciudadano Morand derramó el vino de su vaso, y su palidez habría sobresaltado a Maurice si el joven no hubiera tenido su atención concentrada en Geneviève.
-Se ha emocionado, ciudadana -murmuró Maurice.
-A las mujeres siempre nos emociona un afecto, por opuesto que sea a nuestros principios.
-Ciudadano Lindey -dijo el jefe de taller-, permíteme decirte que me pareces demasiado indulgente con este caballero...
-Señor -dijo Maurice, utilizando con intención la palabra que estaba en desuso-, me gustan las naturalezas fieras y valientes, lo que no me impide combatirlas cuando las encuentro en las filas de mis enemigos. No desespero de encontrar algún día al caballero de Maison-Rouge.
-¿Y…? -digo Geneviève.
-Si le encuentro... pelearé con él.
La cena había terminado. Geneviève se puso en pie. En ese momento sonaron las campanadas del reloj.
-¡Medianoche! -exclamó Maurice-. ¡Ya es medianoche!
-Esa es una exclamación que me agrada -dijo Dixmer-, pues prueba que usted no está enfadado y me hace confiar en que volveremos a vernos. La casa que le abre sus puertas es la de un buen patriota y espero que muy pronto advierta usted, ciudadano,
que es también la de un amigo.
Maurice saludó y dijo a Geneviève:
-¿También la ciudadana me permite volver?
-Hago algo más que permitirlo: se lo suplico -dijo vivamente Geneviève-. Adiós, ciudadano.
Maurice se despidió de todos los invitados y partió confuso por los acontecimientos tan diferentes que le habían sucedido esa noche.
-¡Qué desgraciado encuentro! -dijo la joven deshecha en lágrimas, a solas con su marido, que la había acompañado a sus habitaciones.

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