Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Mientras las tres chicas menores están juntas dando los últimos toques a sus simples tocados, es una buena oportunidad para comprobar unos pocos cambios que se han operado en sus aspectos, pues las tres están hoy mejor que nunca.
Se han suavizado mucho los ángulos en Jo, quien ha aprendido a conducirse con desenvoltura, si no con gracia. El pelo enrizado ha crecido y es hoy una espesa melena, más sentadora para esa cabecita que corona la alta figura. Hay frescos colores en sus mejillas morenas, un suave brillo en sus ojos, su aguda lengua no pronuncia hoy más que palabras benévolas.
Beth ha crecido y está alta y pálida y más tranquila que nunca; los bellos ojos bondadosos parecen más grandes y hay en ellos una expresión que entristece, aunque no es en sí misma triste. Es la sombra del dolor que toca aquel rostro joven con paciencia tan patética, aunque Beth rara vez se queje y siempre hable esperanzada de que "pronto estará mejor".
Amy es considerada con justicia "la flor de la familia», pues a los dieciséis años tiene todo el aire y el porte de una mujer hecha: no bella, pero poseída de ese encanto indescriptible que se llama gracia. La acusaban las líneas de su figura, los movimientos de sus manos, el ondear de su vestido, la caída de su pelo, detalles no deslumbrantes pero si armoniosos y tan atrayentes para muchos como la belleza misma. La nariz de Amy la seguía afligiendo, pues se rehusaba por completo a volverse griega; lo mismo ocurría con la boca, que era grande y de mentón pronunciado. Estas facciones defectuosas daban carácter a todo su rostro, pero ella nunca lo veía así, aunque se consolaba con su cutis exquisitamente blanco, sus penetrantes ojos azules y sus rizos, más dorados y abundantes que nunca.
Las tres llevaban trajes de tela delgada color gris plata (sus mejores vestidos para ese verano) con rosas rosadas en el pelo y en el pecho; y las tres parecían lo que realmente eran: muchachas de cara fresca y corazón feliz, deteniéndose un momento de sus vidas atareadas para leer con ojos pensativos el capítulo más dulce del romance de la vida de una mujer.
No habría ritos ceremoniosos; todo sería tan natural y hogareño como fuese posible. Así, pues, cuando llegó tía March se escandalizó mucho al ver a la novia correr a recibirla, encontrar al novio asegurando una guirnalda que se había caído y atisbar al paternal sacerdote subiendo escaleras arriba con cara muy grave y una botella de vino bajo cada brazo.

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