Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Amy, por su parte, también se portó muy bien hasta que el vapor arrancó, pero justo cuando iban a retirar la planchada, de pronto se dio cuenta de que todo un océano iba a rodar muy pronto entre ella y los seres que más la querían y abrazándose a Laurie, que estaba entre los últimos rezagados, le dijo con un sollozo:
-¡Cuídalos, Laurie, cuídalos por mí... ! y si pasara cualquier cosa...
-¡Claro que los cuidaré, querida...!, y si llegase a pasar cualquier cosa iré allá a consolarte... -respondió Laurie, sin soñar que le iba a corresponder cumplir esa promesa.
Así partió Amy a encontrar el viejo mundo, que siempre aparece joven y hermoso a los ojos jóvenes, mientras su padre y su amigo la miraban desde tierra deseando con fervor que no encontrase a su paso más que buena suerte.

VIII
NUESTRA CORRESPONSAL EXTRANJERA

Londres
Mis queridos:
Aquí estoy, de verdad, sentada a una ventana del frente del Hotel Bath, en Picadilly. No es un lugar elegante, pero tío paró aquí hace años y no quiere saber nada de ir a otra parte; de todos modos, no importa gran cosa, pues no vamos a estar aquí mucho tiempo. De veras que no sé cómo empezar a contarles lo que estoy disfrutando de todo esto. Como sé que nunca podría dar una idea completa, me conformaré con repetirles fragmentos de mi libreta de notas, pues desde el principio no he hecho otra cosa que bosquejar y garabatear.
Les mandé unas líneas desde Halifax cuando me sentía muy mal con el viaje, pero después me ha ido magníficamente, pocas veces mareada, en cubierta todo el día y mucha gente agradable con quien divertirme. Todo el mundo fue bonísimo conmigo, especialmente los oficiales. No te rías, Jo, pero los caballeros son indispensables a bordo de un barco, tanto para tomarse de ellos en casos de apuro como para que nos atiendan y sirvan. Es mejor que se hagan útiles en algo, y sin nosotras creo que fumarían hasta enfermar.
Tanto tía como Florencia estuvieron mal durante toda la travesía y querían estar solas, así que no bien las había atendido, en cuanto me era posible podía salir a divertirme. ¡Qué paseos en cubierta, qué puestas al sol, qué aire, qué olas! ¡Es tan magnífico viajar! Ojalá hubiese podido venir Beth; ¡qué bien le hubiera hecho! En cuanto a Jo, tal hubiese sido su arrobamiento que ya me la veo sentada en el pescante del palo mayor haciéndose amiga de todos los mecánicos y hablando por el megáfono del capitán.

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