Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Sentada cerca de aquella puerta, terminaba de remendar la última media, tratando de entender lo que él le decía a una alumna nueva, tan ignorante como yo. La chica se fue por fin y yo, creyendo que él también se había marchado, porque todo estaba muy en silencio, me puse a farfullar un verbo de los que recién había oído, hamacándome de la manera más absurda, cuando una gargarita de satisfacción me hizo levantar la vista... ¡Y ahí me lo veo al señor Bhaer mirándome muy divertido y riéndose bajito mientras hacía señas a Tina de que no lo descubriese!
-Así, pues... -dijo cuando me detuve y me puse a mirarlo fijo como una idiota-. Usted espía a mí, yo espío a usted, y eso no está mal... pero vea, yo no estoy embromando cuando le digo: ¿Tiene usted desea por el alemán?
-Sí, pero usted está muy ocupado y yo soy muy tonta para aprender -balbuceé como pude, poniéndome roja como una amapola.
-Prut!... Ya encontraremos el tiempo y no puedo fallar en encontrar la inteligencia. A la noche daré pequeña lección con mucha alegría, porque usted, mira, señorita Marsh, tengo esta deuda que pagar -dijo señalando mi costura...
-¡Vamos, una leccioncita de cuando en rato o no habrá más trabajos de hadas para mí y los míos!
Naturalmente que no pude decir nada a eso, así que consentí en hacer el pacto que inmediatamente comenzó a regir. Habría tomado unas cuatro lecciones cuando ya me hundí en un pantano gramatical. El profesor tuvo mucha paciencia conmigo, pero debe de haber sido para él un verdadero tormento, y de cuando en cuando solía mirarme con tal expresión de suave desesperación que yo no sabía si debía llorar o reírme. Opté por ensayar ambas cosas, y cuando me tocó exhalar un suspiro de absoluta mortificación, él no hizo más que arrojar la gramática al suelo y se marchó de la habitación. Yo me sentí en desgracia y abandonada para siempre, pero no me extrañó, ni le eché ni un ápice de culpa al bueno del señor Bhaer, y ya juntaba mis papeles con intención de subir a mi cuarto como castigo cuando el profesor volvió a entrar tan animado y sonriente como si antes me hubiese yo cubierto de gloria en los estudios.
-Ahora vamos a ensayar un método nuevo. Usted y yo leeremos juntos estos agradables cuentitos sin escudriñar más en ese libro tan árido.

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